"LOS CAMBIOS EN LA VIDA DE LAS MUJERES"

(Temores, Mitos y Estrategias)

Tercera Parte

Clara Coria

"LA SEGUNDA VIDA"

 

Es entonces la vida que empieza cuando las mujeres están en condiciones de interrogarse a sí mismas sobre sus más auténticas necesidades y están dispuestas a poner en marcha los desprendimientos necesarios para orientar la brújula hacia horizontes vislumbrados por ellas.

 

Es un hecho que la generación de mujeres que actualmente se encuentra en la mediana edad transitó una "primera vida" con códigos estrictos y socialmente definidos   -explícitos o encubiertos- que encauzaban la juventud hacia futuros predecibles, códigos a menudo acatados por ellas sin cuestionamiento ni demasiada reflexión. No obstante que muchas fueron mujeres que transitaron su juventud durante los años sesenta y llegaron a respirar aires distintos a los de sus madres, atravesadas por las banderas de libertad que caracterizaron esa época, sin embargo, ello no alcanzó para modificar tradiciones fuertemente arraigadas. En esa "primera vida" tuvieron que aceptar e intentar cumplir entre otras cosas, con el modelo de cuerpo que era necesario tener, con la maternidad que era indispensable satisfacer, con la pareja que era indiscutible formar y muchas, incluso, con el desarrollo profesional, que se introdujo como un nuevo requerimiento para la mujer moderna.

 

En la "segunda vida" muchos de esos elementos cambiaron: los hijos ya no son los que tuvieron en la juventud, la pareja con la que se iniciaron ha cambiado, el cuerpo adulto fue marginado de los cánones de belleza impuestos por la época y como si ello fuera poco, el eje del protagonismo personal de madre, alrededor del cual circulaba la familia que la mujer sostenía, quedó "fuera de escena". Es un espacio de tiempo y vivencias al que se accede casi siempre sin preparación ni previo aviso. Se trata de un momento en que se van sucediendo cambios que parecieran estar "fuera del programa". Aún cuando todo el mundo sabe que sobrevendrán, no se está preparado para ellos; y el abordarlos impone como se dijo, no pocos desprendimientos. Dos son los más relevantes:

 

1. El desprendimiento de los hijos…

 

Ente ellos, el de desprenderse de los hijos pequeños para establecer otro vínculo con los hijos adultos que posibilite un intercambio solidario, en lugar del tradicional intercambio incondicional de madres a hijos. Desde luego que ello no implica olvidarse de los hijos o prescindir de ellos, sino simplemente pasar a otro estadio con vínculos diferentes.

 

Es asombrosa la frecuencia con la que tantas mujeres mantienen una actitud hacia los hijos que desdibuja la adultez de éstos, instalándolos en una infancia vitalicia que convierte a las mujeres en madres vitalicias de eternos infantes, fomentando y perpetuando dependencias tanto en las madres -que pretenden seguir ejerciendo control sobre los hijos bajo la excusa de estar siempre a disponibilidad-, como en los hijos -que se instalan en ciertas comodidades restringiendo el desarrollo de sus propias capacidades. Las madres siguen queriendo creer en la vulnerabilidad de los hijos y éstos, manteniendo la dependencia, confirman la profecía materna de que ellas son indispensables. Muchas intentan -a veces inconscientemente- reforzar ese poder abasteciendo necesidades, sosteniendo reproches o alimentando culpas. Y aún aquellas que tienen claridad de que su tarea está destinada a criar a los hijos para que crezcan y sean capaces de desarrollarse en forma autónoma, llegado el momento en que la vida las corre del lugar hegemónico en la vida de los hijos, el desgarro es intenso.

 

Sin embargo, es el momento en que se enfrenta el desafío de convertir los espacios que quedan vacíos al dejar el rol materno, en espacios disponibles que permitan redescubrir a la mujer que suele quedar oculta e ignorada bajo el manto de la maternidad. Para dar espacio a los propios deseos, es necesario dejar de estar pendiente de la vida de los hijos… Además, aún por los propios hijos conviene dejar a un lado el papel de proveedoras, porque si se dejan esos espacios vacíos para ellos, los jóvenes tienen la posibilidad de ir aprendiendo a hacerse cargo de sí mismos.

 

A las mujeres les lleva bastante tiempo darse cuenta de que no deben dar consejos, que no conviene poner en primer plano la propia experiencia y que da mejor resultado dejar de opinar aún cuando, justamente por experiencia, es posible prever consecuencias insatisfactorias.

 

Se trata entonces, en esta "segunda vida" de "cambiar el libreto" y reescribir uno donde el protagonismo central ponga mucho más énfasis en la mujer que en la madre; en otros términos, para que la madre deje de hacer sombra a la mujer… Debo insistir en que una cosa es tomar conciencia de la necesidad de desprenderse de los protagonismos que dejaron de ser pertinentes y otra distinta es construir un nuevo libreto que permita poner en marcha otros proyectos, diferentes de los del ejercicio maternal, que resulten satisfactorios en este nuevo periodo de la vida. Se requiere para ello de un arduo trabajo psíquico para reacomodar el "software" que teníamos instalado, además de una importante dosis de creatividad para generar lo que aún no existe.

 

Es el momento de tomar conciencia de las insatisfacciones acumuladas y animarse a escuchar los propios reclamos y a conectarse con las más íntimas necesidades; buscar a través de anhelos silenciados durante mucho tiempo y empezar a reconocerse como una es, no como los otros quieren que sea. Es como mirar hacia adelante y descubrir que otra vez, existe un horizonte de posibilidades, frente al hay que tomar decisiones como en la época de la primera juventud, ese periodo incierto e inquietante que nos arrojaba hacia un futuro desconocido. Pareciera que la mayoría de edad de muchas mujeres llega hasta después de los 50 años, cuando ya no quieren ser como los otros esperan pero simplemente son como "pueden", sin cuestionarse sobre lo que quisieran ser.

 

Por todo esto propongo reemplazar la metáfora del "nido vacío" por la de una "obra que baja el cartel"; cuando una obra baja el cartel, deja de representarse, deja en libertad a sus actores (a todos) para buscar otros protagonismos con los cuales satisfacer los diversos aspectos de su personalidad y ensayar nuevos libretos con los que puedan desafiarse a sí mismas

 

2.- La pareja de la ilusión

 

Es la imagen que tantas mujeres recibieron junto con los cuentos de hadas y reforzados con los boleros de la adolescencia, cuyas letras, además de prometer amores eternos, encarnaban la máxima felicidad en el encuentro con el "alma gemela" capaz de colmar y completar lo incompletable. La expectativa de pareja ideal, que tantas mujeres fueron conformando en su subjetividad, era una ilusión que consistían en compartir todo con el otro y en la que no había lugar para la existencia de desacuerdos. Con el paso del tiempo, tanto mujeres como varones descubrieron que la capacidad de proteger no es patrimonio de un solo género y que la completud no existe (ni tampoco hace falta para vivir). Desprenderse de la imagen de la "pareja de la ilusión" ha obligado a muchas mujeres a enfrentar alguno mitos, arraigados en la tradición popular como la creencia de que en la pareja se tiene que compartir todo. Así, la sorpresa de descubrir con el paso del tiempo que existen "espacios propios" desnuda una creencia muy arraigada que ha sido cristalizada y permanece firme en la subjetividad femenina a pesar de los cambios sociales: suponer que los espacios femeninos son "naturalmente" espacios para otros. Así, solo quienes dejen de tener pareja o hijos que atender se encuentran legitimadas para buscar sus propios intereses. Al hacerlo se deja de tomar en cuenta que la pareja sólo es la unión -no la fusión- de dos personas distintas que se han propuesto transitar la vida juntas. En esta realidad con espacios diversos tienen cabida tanto aquellos compartidos como los que no lo son. Por mucho que coincidamos con el otro y que haya espacios disfrutables al mismo tiempo para ambos, siguen y seguirán existiendo diferencias que no pueden ni tienen que neutralizarse o desaparecer.

 

Cuando en nombre del amor las personas renuncian a sus particularidades, están ejerciendo una especie de suicidio simbólico. Resulta llamativo comprobar cuánto más frecuente es entre las mujeres que entre los varones el afán con que intentan mimetizarse para satisfacer los deseos del ser amado y dar con ello pruebas de su gran amor. Pero dicho afán compromete un enerote esfuerzo que genera expectativas de reciprocidad que difícilmente quedarán satisfechas porque nadie puede satisfacer los renunciamientos ajenos.

 

El desprendimiento de la pareja de la ilusión es una condición necesaria para acceder a otro modelo de pareja más real, más disfrutable y sobre todo, mucho más satisfactorio. Es uno de los puntos clave para transitar la segunda vida con mayor plenitud y menos esfuerzos innecesarios. En pocas palabras, se trata de soltar para aprehender.