b) Del juego
En los organismos vivos, el juego es la otra forma en que se manifiestan las dinámicas de la vida.
El juego entendido como aventura, asombro, exploración, investigación, curiosidad…
Eso es lo que caracteriza a los seres vivos, y en la especie humana toma una dimensión espectacular. De hecho podría decirse que es lo que la distingue…
El “espíritu aventurero” que hay en los organismos vivos los hizo evolucionar desde los orígenes en forma absolutamente impredecible, incluyendo a los genes.
Por eso se dice que las mutaciones genéticas son aleatorias, porque parecen surgir al azar. De hecho, es esta dinámica del juego la que lleva a los organismos, sin que se den cuenta de ello, a explorar nuevas combinaciones. Y estas posibilidades se aumentaron increíblemente cuando empezó la recombinación sexual.
Esta dinámica del juego aventurero ha hecho posible la extraordinaria diversidad desplegada a lo largo de 500 millones de años de evolución. El surgimiento y transformación de nuevos organismos vivos no está predeterminado; responde al juego, a la exploración, a la intrínseca libertad de la vida.
Ahora bien, en los animales el juego y la exploración se presenta solamente en los individuos jóvenes, que experimentan constantemente. Todos hemos visto imágenes de cachorros de diversas especies aventurándose cada vez más lejos y retozando gozosos.
Pero mientras las crías parecen no tener más función que jugar, al ir creciendo pierden esa habilidad, de manera que en los adultos prácticamente ha desaparecido.
Y he aquí ahora la gran innovación que se presenta en el ser humano: que es la única especie en que los adultos conservan y aprovechan la capacidad de jugar, asombrarse, aventurarse, explorar…
Y aquí hay un dato sorprendente: ya se sabe que genéticamente es mínima la diferencia entre un chimpancé y un humano. Y sin embargo, mientras el cerebro de un chimpancé adulto difiere notablemente del joven, el cerebro del adulto humano es prácticamente igual al del bebé, sólo que un poco más grande.
De manera que actualmente se sabe que una diferencia esencial entre el humano y los demás primates radica en su capacidad de mantener la habilidad del “juego” a lo largo de su vida adulta, incluso como su actividad central.
Por eso el humano explora la Tierra, el mar y el espacio interestelar, experimenta, hace descubrimientos sorprendentes, modifica y, sobre todo, aprende.
En este sentido el ser humano no deja de ser niño… Es el niño de este planeta… Esta es la mayor conquista de la especie humana:
Ser un “niño maduro”, un ser que en la vida adulta pueda seguir jugando con libertad.
Los humanos encarnamos la dinámica cósmica del juego aventurero.
Y si dejamos de aprender, explorar, disfrutar con la aventura, impedimos que la vida se manifieste en plenitud, obstruimos el proceso.
Todos sabemos que cada especie tiene un hábitat, un medio en el que puede florecer y fructificar.
Si éste desaparece, la especie se extingue.
Pues bien, nuestro verdadero hábitat es el juego aventurero.
La reducción de ese hábitat en la actual sociedad de consumo está provocando la angustia y el stress que nos atenazan.
Nos hemos convertido en apéndices de las máquinas.
Nos hemos apretado, endurecido, hecho demasiado serios y formales. Creemos que no hay que perder tiempo, y puestos a consumir, somos incluso consumidores de diversión pre-establecida. Hasta nos dicen a qué debemos jugar y cómo hacerlo, lo cual va contra la esencia misma del juego, en que no sabes de antemano a dónde te va a llevar.
Aplicar esto en la vida puede ser muy motivador: Podemos arriesgarnos a dar pasos y tomar decisiones abiertos a la variedad de posibilidades que se nos presentan, sin querer controlar el final del proceso, sin conocer exactamente el resultado.
Al fluir con esta dinámica tenemos otras actitudes en la vida. Al verla como aventura, nos vemos a nosotros como exploradores, y los problemas y dificultades se convierten en desafíos que, inclusive, pueden ser divertidos al mirarlos con desapego y sentido del humor.
Gracias a esta dinámica podemos cocinar alimentos en formas tan variadas, explorando nuevas combinaciones… Gracias a ella la moda es divertida y asombrosa. Se construye en arquitectura en formas impensadas. Se desintegra el átomo y se llega a la luna.
Los padres exploramos nuevas formas de relación con los hijos, los científicos, nuevos usos para los mismos elementos… y los humanos en general, nuevas maneras de relacionarnos con el planeta, e incluso de “hablar” con nuestro cuerpo, con los árboles y con la madre Tierra…
Porque vamos encarnando esta dinámica, podemos seguir asombrándonos igual que un niño, ante un increíble ciempiés, o una luna roja, o un pelícano zambulléndose en el mar…
Entonces nos conectamos con un espíritu festivo, y podemos empezar nuestro día con una sonrisa traviesa y una pregunta en nuestro interior: ¿qué voy a descubrir hoy, qué aventura viviré? Quizá explore un camino nuevo a mi oficina, o transforme los recursos a mi disposición para convertirlos en algo diferente que abra nuevas posibilidades...
Para estos seres humanos niños-maduros, la vida es ilimitada… y quien sabe si nuestra actitud de asombro, de risa y aventura, le abra a las otras especies nuevas posibilidades en el festival de la vida.
En estos días la tradición cristiana celebra el nacimiento de Jesús. Para mí este evento de Dios encarnando en un bebé para experimentar la aventura de la vida, es un claro ejemplo de este fluir divino con sus propias dinámicas.