"LOS CAMBIOS EN LA VIDA DE LAS MUJERES"

(Temores, Mitos y Estrategias)

Segunda Parte

Clara Coria

 

Una vez traspasada la mediana edad, después de haber cumplido con los compromisos asumidos en la juventud, ya es la hora de satisfacer anhelos postergados o protagonismos que eran incompatibles con la construcción de la familia y la crianza de los hijos. Es el momento de desprenderse de los mandatos impuestos y dar mayor cabida a deseos personales e ilusiones relegadas al futuro. Ello supone la capacidad de hacer ciertos cortes con protagonismos que ya caducaron, de asumir mayor independencia y de legitimar los deseos más auténticos.

 

Y aunque ésta es una tarea ardua tanto para hombres como para mujeres, éstas tropiezan con mayores obstáculos, que tiene que ver con condicionamientos que imponen mandatos y prohibiciones con férreos estereotipos que limitan a las mujeres. Su diferencia respecto a los hombres en este punto, radica en tres cuestiones fundamentales:

 

1.- Los varones son considerados en nuestra sociedad como sujetos deseantes mientras que las mujeres son concebidas como "satélites del deseo ajeno"; y ello, es una diferencia sustancial.

 

2.- La dependencia afectiva, económica y legal incluso, que aún sigue

vigente y fuertemente arraigada en el psiquismo de no pocas mujeres;

 

y, por sobre todo…

 

3.- El modelo de maternidad que además de ser concebido como incondicional, abnegado y altruista, se plantea para las mujeres como un rol vitalicio ejercido de por vida.

 

Analicemos esto más detenidamente:

 

1. Ser satélites del deseo ajeno…

 

La organización de nuestra sociedad patriarcal ha preparado durante siglos al género femenino para transitar la vida al servicio de las necesidades ajenas. Así, de tanto profundizar desde niñas en los deseos de los demás, solemos perder habilidad para descifrar los propios y, de tanto acomodarse para satisfacer aquellos, terminan haciendo propios los deseos de los otros. "Es tal lo incorporado como obvio que a una se le confunde con el deseo y terminamos deseando aquello que otros quieren que hagamos".

 

Abordar cambios obliga necesariamente a sumergirse en el tumultuoso mar interior en busca de los deseos postergados y de entusiasmos no indagados, o simplemente permite dirigir la mirada hacia sí misma, esa mirada habituada a buscar las necesidades en los ojos ajenos para dar pronta satisfacción. Socializadas como "seres-para-otros", las mujeres ven desplegarse ante sí un enorme desierto intransitable a la hora de buscar los deseos dentro de ellas. En la mitad de la vida, cuando ya los hijos crecieron y se ostenta con orgullo la sensación del "deber cumplido" y cierto entusiasmo esperanzado de libertad, resulta que el tiempo disponible suele convertirse en un espacio-tiempo borroso, difícil de aprehender.

 

Con frecuencia, la edad del "deber cumplido" suele coincidir con la menopausia, lo cual contribuye a enormes malentendidos ya que las insatisfacciones que expresan no pocas mujeres, sus "desorientaciones" ante el futuro, las vivencias de "pérdidas" y "vaciamiento", sus añoranzas de "otros tiempos", etcétera, suelen ser atribuidas con excesiva liviandad, a los "trastornos de la edad", cuando en realidad son producto del vacío que deja el propio deseo insatisfecho por haber transitado la vida como satélite del deseo ajeno; y esto, es una de las mayores dificultades que se afronta para construir otros protagonismos.

 

2. La dependencia afectiva

 

Las mujeres en nuestra sociedad hemos sido criadas en la dependencia y para la dependencia, lo cual nos dificulta actuar como sujetos autónomos aun cuando den muestra de independencia y dispongan de recursos propios, sean estos económicos, profesionales o afectivos. Un asistente a una de mis conferencias al pedir la palabra dijo: "El problema de las mujeres es que, en lugar de pedir opinión, piden permiso" (pedir opinión es buscar colaboración, pero pedir permiso es colocarse en situación de subordinación).

La dependencia adopta formas muy sutiles que a menudo pasan inadvertidas. El mandato de la sociedad para los varones es ser independientes, aunque no todos lo consigan, mientras que el mandato para las mujeres es la dependencia, disfrazada a menudo de amor incondicional. Aunque muchas se rebelen y logren circular por la vida y la sociedad legitimando sus derechos a la independencia, no siempre les es posible evitar ingratos sentimientos de vulnerabilidad. Las mujeres suelen sentirse vulnerables porque les enseñaron que la protección que necesitan no proviene de ellas mismas, mientras que los varones parecen saber que la mayor protección posible está dentro de cada uno. Esto les permite -a los hombres a quienes les interesa- asumir grandes riesgos y convertirse en protectores oficiales de la otra mitad del género humano. Esto no le hace ningún favor ni a mujeres ni a varones, mas bien ha forzado la interpretación de la realidad perjudicando a ambos géneros. Les exige a los hombres ser protectores aunque no puedan -prohibiéndoles sus derechos a sentir miedo- y condena a las mujeres con la imagen de la debilidad que las hace creer vulnerables cuando no lo son.

 

En ocasiones la dependencia se presenta como búsqueda de permisos y aprobación. A veces se trasluce en la expectativa femenina ante la mirada de "otro" que legitime las propias ideas o sentimientos: mujeres capaces y llenas de recursos que demandan "puntos de referencia" hacia los cuales orientarse, negándose a sí mismas la osadía de andar a campo traviesa haciendo el camino que más les plazca. A menudo la dependencia aparece disfrazada de intolerancia hacia las propias dificultades.

 

3. El rol materno

 

Es el más nodal y el que genera mayores resistencias para el desprendimiento; constituye el obstáculo más serio para construir otros protagonismos que permitan transitar nuevos rumbos a la hora del crecimiento de los hijos. El rol maternal es impuesto a las mujeres como un papel vitalicio que las lleva a seguir cuidando y atendiendo a los hijos adultos como si aún fueran pequeños. Es fundamental no confundir el hecho de ser madre con el rol necesario en la crianza, por ello conviene recordar, para evitar equívocos que una cosa es ser madre -status irreversible que se adquiere cuando las mujeres tienen hijos- y otra es ejercer el rol maternal de la crianza, que como tal, es transitorio y caduca con el crecimiento de la prole. El rol maternal de la crianza es concebido por nuestras sociedades como un comportamiento de por vida y se instala en el software psíquico femenino ocupando no sólo el espacio presente sino también todo el espacio futuro. De esta manera, obtura la posibilidad de imaginar que el tiempo "poscrianza" de una mujer pueda estar regido por otros deseos diferentes de los del rol maternal. Aún las mujeres "modernas" han incorporado en su psiquismo la concepción del rol maternal como vitalicio, por el hecho de haber crecido en una sociedad patriarcal. Incluso entre aquellas que no se limitaron a la crianza y desempeñaron otras actividades paralelas, en lo más profundo de su psiquismo, se encuentra la lealtad al modelo tradicional.

 

Lo cierto es que cuando los hijos crecen, ya no necesitan de los cuidados maternos como cuando eran niños, e incluso, más bien, requieren "despejar el terreno" para dar cabida a otros amores y a otros cuidados. La sociedad los prepara para que levanten vuelo mientras se olvida de preparar a las madres para que prescindan de ellos como fuente inagotable de afecto, reconocimiento y realimentación. Mi hipótesis es que si las mujeres fueran preparadas para ejercer el rol maternal en forma transitoria (hasta que los hijos terminaran la adolescencia), también podrían ir incorporando los mecanismos necesarios para enfrentar el desprendimiento de los hijos cuando éstos alcanzaran la adultez, sin que ello fuera vivido como un desgarro irreparable. Esto evitaría, entre muchas otras cosas, que tantas mujeres se sientan "defraudadas" por "todo lo que dieron esperando recibir más", así como también limitaría los reclamos de una reciprocidad filial que es inviable. Si tuvieran conciencia de lo transitorio de este rol, dejarían de quejarse e insistir en el desagradecimiento de los hijos "después de todo a lo que renunciaron por ellos".

 

La desilusión respecto del comportamiento de los hijos adultos que con tanta frecuencia expresan las mujeres suele estar relacionada con el incumplimiento de un contrato implícito que nunca pusieron en duda: creyeron que el rol maternal que debían ejercer de por vida iba a ser correspondido por sus hijos con una dedicación y entrega también de por vida. La experiencia muestra que la dedicación de madre a hijo mantiene una dirección de sentido único y, por lo tanto, el contrato de reciprocidad al que se comprometieron implícitamente las mujeres cuando asumieron el rol maternal como vitalicio, termina siendo necesariamente incumplido por su descendencia.

 

También aquí es interesante señalar algunas diferencias que suelen presentarse con el ejercicio de la paternidad. En general, los padres no suelen esperar de los hijos adultos toda la dedicación que a menudo reclaman las madres. Quizá ello se deba a que tradicionalmente, la paternidad ha sido concebida como provisión económica y protección física, lo que da lugar a que los varones, para cumplir con dichos mandatos, se vean obligados a desarrollar otros intereses paralelos a los de la paternidad, lo que les permite adquirir también estímulos para otros deseos y la capacitación necesaria para promover otros desarrollos personales, de forma tal que cuando llega el momento de enfrentar el vacío que dejan los hijos al crecer, los padres suelen disponer de mayores recursos y permisos internos (totalmente legitimados por la sociedad) para replantearse protagonismos a la medida de sus deseos y ambiciones.

 

En síntesis, el dolor desgarrante por el que transitan tantas mujeres cuando los hijos toman distancia, hace imperioso revisar el concepto del ejercicio del rol maternal como un rol vitalicio. Ello contribuiría a que, cuando los hijos lleguen a la adultez, dejen de reclamar cuidados infantiles y que las mujeres puedan preparar su psiquismo para transferir las energías comprometidas en la crianza hacia otros deseos que permitan la adquisición de recursos para enriquecer el futuro de sus vidas cuando ellos hayan crecido. Probablemente esto también contribuirían a que las mujeres puedan vivir la vida como una continuidad de cambios que se suceden y que van abriendo expectativas sobre lo que "vendrá después", en lugar de insistir con al mirada vuelta al pasado, manteniendo ilusoriamente vigente una función que ya caducó.