El Perdón
Pinceladas para un cuadro
Perdonar es: dejar ir los pensamientos dolorosos sobre el pasado, porque quiero vivir libre y en paz en este presente.
Quiero
compartir con ustedes el recorrido que hice por
Perdonar es la gran
palabra, es la llave que abre o cierra posibilidades, el inicio del crecimiento interior,
y a la vez, el broche de oro de ese crecimiento. Es punto de partida y de llegada, es la
clave para nuestra unificación como personas.
En cuanto a si es
fácil o difícil perdonar, recuerdo el cuento oriental de un hombre que deseaba alcanzar
la iluminación, así que acude a una familia famosa por su sabiduría. A su pregunta :
¿Es fácil lograr la iluminación?, el anciano responde : Es tan fácil como
beber un vaso de agua. Sorprendido, acude a su esposa, quien contesta : es tan
difícil como llegar a la luna. Desconcertado, recurre a la hija, quien sonriente, anuncia
: hombre, si lo haces fácil, es fácil, pero si lo haces difícil...
Dije que perdonar puede
ser punto de partida o de llegada. Esto significa que, a veces, porque perdono, descubro
como reales para mí las afirmaciones de
Para mi ha sido
maravilloso descubrir que absolutamente todo lo que me sucede puedo verlo como una
invitación a conocerme más, a crecer, a aprender la lección que me hace falta, a abrir
más la puerta para extender amor, pues eso es lo que soy. Así que, la persona o
situación que me incomoda, me duele o no he logrado perdonar, se convierte en mi maestra
de crecimiento y perdón.
Pues bien, el primer
principio de Curación de Actitudes es La esencia nuestro ser es el amor. El
amor es nuestra realidad, de manera que nuestro estado natural es dar amor, extenderlo,
como lo natural de un foco es que dé luz, de una semilla que germine, de un pájaro que
cante.
Cuando un foco no
alumbra, no lo juzgamos, ni consideramos que nos ataca, o que está contra de
nosotros. Simplemente reconocemos que está averiado, lastimado ; que algo en él se
atrofió y le impide cumplir su función.
Y así con cualquier
ejemplo de la naturaleza o de los objetos creados por el hombre. Cuando no alumbra no le
digo al foco: ¿Por qué me haces esto a mi?, ¿Qué tienes en mi contra? o ¿Qué
te he hecho?
Pues bien, el ser
humano ha sido creado para dar amor, para construir, para crear él mismo belleza y
tecnología, para vivir en paz y armonía, para gozar. con sus hermanos los hombres, de su
herencia común.
Pero, qué pasa cuando
este ser humano en vez de dar amor, ataca ; en vez de construir, destruye; en vez de vivir
en armonía, vive en desasosiego y confusión ; en vez de compartir, arrebata; en vez de
ser feliz, acumula poder y dinero, buscando en el exterior lo que ignora que sólo puede
encontrar dentro de él.
Cuando nos encontramos
ante un ser humano en estas condiciones, en vez de verlo roto, enfermo, atrofiado,
impedido por alguna razón (conocida o desconocida) para ser lo que es, lo juzgamos y
sentenciamos, consideramos que está en contra de nosotros, nos sentimos separados de él,
creemos que nos hace algo a nosotros que, o no le hemos hecho nada malo, o que sólo le
hemos hecho cosas buenas. No logramos ver que ese ser roto no necesita nuestro juicio sino
nuestro amor.
Y, en cambio, qué pasa
cuando amo. Pensemos en un bebé, en algún bebé cercano a nosotros. Un bebé nos inspira
amor incondicional; volcamos en él nuestra ternura y generosidad sin esperar nada a
cambio, gozando simplemente de lo que nos da : una sonrisa, un gorjeo o una caricia.
No nos sentimos
agredidos cuando llora o patalea, ni siquiera cuando nos moja. ¡Es un bebé! Lo amamos y
aceptamos tal como es. Dejamos que fluya hacia él nuestro amor y no nuestro juicio. Y es
que el amor comprende y acepta. El miedo juzga y separa.
Si decido
entonces ver con los ojos del amor, si amo a ese ser humano, ¿qué veo?
Veo la condición humana tal como es.
Veo su dolor, su inseguridad su miedo.
Veo a alguien que desea ser feliz, como yo, pero que cree que lo
que necesita para serlo está fuera de él, y actúa así para alcanzarlo.
Veo a alguien que, por no haberse reconocido como Amor, no puede
proyectarlo.
Veo a alguien que se ha cargado con miedo, envidia y
frustración y eso es lo que proyecta.
Al amar,
veo al ser humano total, lo acepto como es y donde está, y aprendo a reconocer la luz que
hay en él, a pesar de las capas que lo han ido cubriendo, y logro centrarme en esa luz y
unirme con ella.
La
realidad es que un ser o da amor o pide ayuda y amor, porque algo en él necesita ser
sanado.
Pero a
veces, ni siquiera veo con mis ojos, sino con los de mis padres, o de mi
cultura, o de mi clase social.
Cuando no veo con los
ojos del amor, que es mi verdadera esencia, hago juicios, y el juicio es una semilla
que produce víctimas y culpables, malos y buenos.
Por eso es
tan sabio elegir no juzgar. Porque al juzgar, veo la realidad fragmentada, y , lo que es
peor, creo que la parte que veo, es el Todo.
¿Sería
sensato pretender hacer un rompecabezas teniendo sólo unas cuantas piezas y darlo por
terminado aún cuando veamos los huecos que queda?
Pues eso
es lo que hago al juzgar a alguien: no tomar en cuenta los huecos, olvidar que
no conozco su historia completa: su programación genética, familiar, escolar, religiosa,
social; sus motivaciones profundas, sus impedimentos, reales o imaginarios.
Y no sólo
eso. Lo que veo, además, está determinado por el lugar desde donde lo veo.
Por ejemplo, si juzgo a los indios y vaqueros para saber quién es bueno y
quién es malo, será diferente si la película es de John Wayne (los buenos
son los vaqueros) o de Kevin Costner en Danza con lobos (los buenos son los
indios).
Si juzgo
una situación, lo haré de manera diferente si la veo como padre o como hijo, como
patrón o empleado y así sucesivamente.
Y es que
el juicio genera víctimas y culpables, y crea separación.
Pasa
además algo curioso e incongruente. A esa persona o situación abominable,
mala o culpable de mi malestar, le doy el poder de decidir cómo
me voy a sentir y cómo voy a actuar. Le entrego las llaves de mi interior, de mi paz y
armonía. Le permito convertirme en un torbellino de furia y desasosiego o, por lo menos,
dejarme incómodo y a disgusto.
¿Qué les
parece?
Conste que
dije le entrego y no me quita, porque Yo tengo las llaves de mi
interior.
La
realidad es que sólo mis pensamientos me lastiman o me construyen. Lo que me duele no es
lo que sucede afuera, sino la respuesta que yo doy a los acontecimientos. A veces se me
olvida que soy actor en mi vida y actúo como reactor.
Ahora bien, la buena
noticia es que, como yo pongo los pensamientos, yo los puedo cambiar, y tengo así en mis
manos la herramienta de transformación más poderosa. Porque la fuente de mi paz está en
mi. El manantial fluye en mi, y no puedo encontrarlo fuera (como creía antes). Y lo más
notable es que la paz, como el amor, sólo dándola se conserva, sólo aceptándola para
mi puedo compartirla con los demás.
Un
concepto esencial de Curación de Actitudes es que cada uno proyecta lo que tiene adentro.
Esto vale tanto para mí como para el otro.
Tomemos
como ejemplo un volcán. Cuando entra en erupción echa lava. Pero... ¡Ojo! La clave
está en descubrir que simplemente echa lava: no me la echa a mi. Si estoy cerca me cae y
puede lastimarme, eso es un dato objetivo. Pero a mi no se me ocurre juzgar al volcán y
declararlo culpable. Sólo decido si me quedo o me voy. Así, una persona, cuando está
cargada con enojo, coraje, miedo, frustración, agresión, falta de amor y de aceptación,
es como un volcán, y cuando entra en erupción eso que carga es lo que
arroja.
El error
que cometemos es creer que me lo arroja. Pero, si eso es lo que lleva dentro ¿Qué otra
cosa podría dar? Si tuviera amor, comprensión y aceptación, eso daría.
Cada quien
utiliza siempre su mejor conducta posible, como cada quien tomamos del ropero nuestra
mejor ropa para cada ocasión. Si es inadecuada se debe a que no hemos tomado conciencia
de ello o no tenemos algo mejor.
Retornemos al volcán.
Hablábamos de decidir alejarme o quedarme. Si me alejo, eso es todo. No se me ocurre que,
además, tenga que perdonar al volcán. Y me alejo porque no considero que tenga caso que
me quede, o bien, porque me amo a mi misma y no veo que me haga bien quedarme. Me voy en
paz.
El dilema surge si me
quedo. Puedo elegir quedarme porque creo que no me queda otro remedio. Al quedarme por
amor me ubico junto al volcán, no frente a él. Tomo conciencia de que echa lava, no me
la echa. Puedo mandarle silenciosamente este mensaje : Te amo, te acepto y confío
en que descubrirás qué es lo mejor para ti.
A veces me
ayuda imaginar que el amor forma un campo protector sobre mi para no salir lastimada y
también para poner imaginariamente un receptor de lava fuera de mi, para que
la canalice a la tierra.
Mi actitud amorosa
seguramente aliviará no sólo mi corazón sino el suyo. Y como dar y recibir es lo mismo,
el amor y aceptación que le doy, me lo doy a mi misma también.
Ahora
bien, ¿Cuándo creo que tengo que quedarme? Cuando debido a mi situación en ese momento,
a mi grado de conciencia o claridad interna, no veo caminos para retirarme. Es mi jefe y
no creo poder encontrar otro trabajo; es mi madre y me siento culpable si la abandono;
es mi cliente y no me considero capaz de conseguir otros.
En estos
casos, es probablemente la sensación de impotencia la que más nos lastima, o la
culpabilidad o la incapacidad para resolver creativamente una situación. Y es entonces
cuando creemos que otro nos ha hecho algo y hay dolor.
Sin embargo, un volcán
en erupción no puede hacer otra cosa que arrojar lava. Y, aunque nos cayera una piedra
pequeña, hay lugares en que lastima más, en que estamos en carne viva y ¡hasta una
arenilla duele!
Y es
precisamente mi respuesta la que provoca el dolor. ¿Qué sacudió dentro de mi ? ¿Qué
valores se tambalearon ? ¿Qué visión del mundo quedó en entredicho ? ¿Alteró mi
imagen ante los demás o ante mi misma ? ¿Sacó a flote algo que yo quería mantener
oculto ? ¿En qué me siento incapaz ? ¿En qué no me valoro ? ¿De qué tengo miedo ?
¿En qué soy vulnerable ? ¿Es que no soy perfecto ?
El dolor
que experimento está provocado por mis pensamientos: mis pensamientos sobre el mundo,
sobre la realidad, sobre mi misma.
Ahora
bien, conviene recordar que yo puedo cambiar mi percepción del mundo, de los demás y de
mi misma. Puedo ver las cosas de otra manera.
Ese dolor
y enojo puedo interpretarlos como una invitación al crecimiento, a conocer más de mi
misma, a amarme y aceptarme tal como soy.
Al hacerme esas y otras
preguntas, puedo descubrir una nueva faceta de mi y, por lo tanto, dar un paso adelante.
Al ampliar mi nivel de conciencia y lucidez la persona o situación se ha transformado en
mi aliada, en mi maestra de crecimiento interior. Las circunstancias conspiran a mi
favor dice Jampolsky.
Además,
otro dato cierto es que las personas o dan amor o lo piden, así que sus conductas
agresivas podemos verlas como gritos de auxilio, como solicitudes de amor.
Sí!, yo
tengo la llave de mi interior y elijo qué respuesta quiero dar. Esta nueva percepción
evita que me sienta víctima del mundo que veo, me ayuda a tomar las riendas de mi vida.
El
aparente ataque, visto así, me ayuda a enfocar la realidad correctamente: no tengo que
salir a perdonar a otro, sino entrar a descubrir y aprender más
sobre mi y así crecer como persona.
Además,
los seres humanos estamos unidos pero se nos olvida y permitimos que las ofensas operen
como piedras, que interrumpen el flujo del amor, nuestra esencia, creando así la ilusión
de separación.
Por otra parte, este
instante es el único tiempo que existe; en este instante puedo elegir la paz para mi y
eso supone soltar el pasado, dejarlo ir con sus dolores, ofensas y culpas. No podría
vivir en paz con la pesada carga del pasado.
Ahora si
llegamos finalmente al PERDÓN, que es la llave de la felicidad. El perdón es como ese
caballero de mis cuentos infantiles que viene a liberarme de la muerte, de la separación
provocada por el rencor y la culpa. Pues tan separada me siento de los demás cuando creo
que me han hecho algo como cuando creo haberles hecho algo yo.
El
maravilloso PERDÓN
-
-
-
Perdonar
es entonces
-
-
- que me equivoqué al creer que algo del exterior podía
dañarme
- que me equivoqué al entregarle, además, el poder de decidir
cómo me voy a sentir
-
-
-
-
-
-
-
Perdonar
me ayuda a reconocer que el otro y yo somos importantes. Aumenta mi conciencia de que la
otra persona es amor, como yo. Que si no lo da es porque tiene algo roto,
herido, y que es nuestro amor lo que ayudará a que cure, no nuestro juicio. Y lo que es
maravilloso, mágico, es que como lo que doy a otro me lo doy a mi misma, al extenderle mi
amor total, incondicional, sin expectativas; al brindar paz, al comprenderlo y aceptarlo
como es, sin juzgarlo ni querer cambiarlo, al verlo como mi maestro, en una palabra
perdonarlo, yo salgo ganando.
Y es que para el Amor
no hay juicio ni miedo, sólo dar más amor.
No hay culpables, sólo
seres a quienes amar.
No hay separación,
sólo olas del mismo mar.
Reconocer
esto es perdonar.
Y, al hacerlo, podremos
ir por la vida ENSEÑANDO SOLAMENTE AMOR PUES ESO ES LO QUE SOMOS.
Maruja Cándano