Transiciones: Parte 1. El Proceso de Transición

EL PROCESO DE TRANSICIÓN.

 

A lo largo de los próximos meses iremos presentando por partes este agudo y profundo estudio de Robert Brumet sobre la TRANSICIÓN.

 

TRANSICIÓN: El camino para la transformación espiritual.

 

Transición –cambio- es una forma de muerte, pero, irónicamente, esta es “una de las características definidas para el crecimiento”.

 

A lo menos, el cambio es un evento individual que temporalmente trastorna las rutinas de vida sin importancia. A lo máximo, el cambio es un sistema de eventos que rodean nuestra vida entera, requiriendo extensos ajustes en el estilo de vida, valores e identidad. En este sentido, el cambio se vuelve Transición.

 

Cambios no deseados nos pueden empujar a una espiral. Algo de nosotros quiere que la vida permanezca tal como es: familiar, rutinaria, habitual y consistente. Pero podría ser que lo que parece tan desagradable, sea realmente un sistema amigable disfrazado, un camino a una nueva vida.

 

En esta época de incertidumbre, tal vez lo único seguro es que las cosas cambian. El cambio es una parte inevitable en nuestra experiencia humana. Esto ha sido verdad para los humanos en cada era y es especialmente verdad para nosotros, quiénes vivimos en esta última década del siglo veinte. La mayoría de quienes vivimos hoy, estamos presenciando y experimentando más cambios en unos cuantos años que los que nuestros antecesores pudieron haber experimentado en el curso de toda una vida. Estos cambios continúan ocurriendo a una velocidad siempre en aumento. De hecho, parece como si el tiempo mismo, de alguna manera, fuera más rápido.

 

Cambios rápidos están ocurriendo no sólo en el mundo que nos rodea, sino también en nuestro mundo interno. Estos cambios no son solamente en la tecnología o estilo de vida, sino cambios radicales en la forma de cómo nos percibimos a nosotros mismos y a nuestro universo. Tales cambios no son sólo acerca del modo que vivimos, sino acerca de quiénes somos como seres humanos. Nuestras suposiciones acerca de quiénes somos y cómo estamos relacionados con el mundo que nos rodea están siendo cuestionadas, si no es que hechas añicos.

 

En estos días continuamente oímos referencias al “cambio de paradigma” que está ocurriendo en nuestra cultura. La palabra “paradigma” se deriva de la palabra griega “paradigma”, que significa “patrón”. Un patrón es un modelo o una guía usada para hacer algo. Un paradigma es el fundamento de la colección, de la colección de suposiciones, en gran parte inconsciente, que usamos para interpretar el significado de una observación o experiencia en particular. Tenemos paradigmas que gobiernan la forma que vemos y entendemos el universo que nos rodea. Tenemos paradigmas que gobiernan cómo nos vemos a nosotros mismos y nuestra relación con el Universo. Cuando un paradigma cambia, no sólo vemos y entendemos la información de una manera nueva, sino que se altera el modo en que la vemos y entendemos. Tal es la magnitud del cambio que está ocurriendo.

 

A pesar de esta asombrosa rapidez del cambio en años recientes, muy pocos de nosotros hemos aprendido a tratar con el cambio de una manera sana. A menudo  tememos y nos resistimos al cambio. Nuestra resistencia es con frecuencia sutil e inconsciente. Algunos de nosotros, conscientemente, hemos escogido embarcarnos en una jornada de crecimiento personal y transformación, aparentemente alcanzando y dándole la bienvenida al cambio. Nosotros podemos haber afirmado: “yo estoy deseando cambiar”, y aún así, irónicamente, hay algo dentro de nosotros que inconscientemente se resiste  a estos mismos cambios que conscientemente deseamos. Podemos fracturarnos por dentro al encontrarnos a nosotros mismos resistiendo, como si nuestra vida estuviera en juego. Por alguna razón parece que el miedo más grande de todos los humanos es el miedo a lo desconocido, y el cambio, especialmente el cambio profundo y repentino, casi siempre nos confronta con lo desconocido.

 

Tal vez, la más profunda de todas las necesidades humanas es la necesidad de encontrar el significado de nuestras experiencias. El Dr. Víctor Frankl sostiene que el impulso fundamental humano es la búsqueda de significado. Por ejemplo, el niño, cuyos padres se están divorciando… la mujer, que oye que tiene cáncer… el corredor de bolsa, que se entera de que el mercado se ha colapsado… Cada uno preguntará, ¿qué significa esto?. No tan sólo buscarán significado, sino que el deseo es tan fuerte que ellos pueden automáticamente e inconscientemente atribuirle un cierto significado al evento. No es tanto el acontecimiento en sí lo que altera nuestras vidas, sino el significado que le damos.

 

La mayoría de los ministros y consejeros que han trabajado con gente que ha experimentado pérdidas o tragedias en sus vidas, han escuchado las preguntas: ¿por qué pasó esto?, ¿cuál es el significado de este evento?. En tiempos cruciales, el significado es la preocupación principal. Parece, que cuando hay un significado, podemos soportar casi todo. El filósofo Nietzche ha dicho, “Aquél que tenga un  por qué por el cual vivir, puede sobrellevar casi todo”. Sin un significado, pudiera parecer que cualquier experiencia es insoportable.

 

El cambio, especialmente el profundo, repentino e inesperado, cuestiona y tal vez hace añicos el significado y el entendimiento que hemos creado para “tener un sentido en la vida”. Nosotros hemos desarrollado nuestros significados como “mapas de caminos de realidad” para guiarnos a través  de nuestro trayecto en la vida. Son parte del paradigma que modela nuestras percepciones y entendimiento. A menudo, el cambio nos lleva a un nuevo territorio donde los antiguos mapas no son ya suficientes.

 

El teólogo Paul Tillich hace referencia a una “crisis ontológica”, la cual es una condición que surge cuando lo que ha servido como “base de nuestro ser”, ha sido amenazado, disminuido o eliminado de nuestras vidas. Esta “base” puede ser un rol social, una relación o una identidad interna. El evento desencadenador puede ser la muerte de un padre o un niño, un divorcio, una enfermedad seria, un desastre financiero, o cualquiera de muchos eventos inesperados. Para muchos, una experiencia tal se siente peor que la misma muerte.

 

De hecho, cada cambio es una forma de muerte, la muerte de una antigua manera de vivir o de ser. Aunque, irónicamente, el cambio –una muerte al pasado- es una de las características definidas del crecimiento y algo indispensable para que nazca algo nuevo. Vivir es crecer; crecer es cambiar; cambiar es morir a lo pasado. Jesús de Nazareth dijo a sus discípulos: “Si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. (Juan 12:24). El Apóstol Pablo, a quién no le fue extraño el cambio inesperado, escribe a la iglesia en Corintio: “No hay día, hermanos, en que yo no muera…”, (Corintios, 15:31). Muchos de nosotros hoy, estamos viviendo en un patrón acelerado de crecimiento y cambio y estamos, como Pablo, “muriendo diariamente”.

 

Todavía tenemos miedo a la muerte, y este mismo miedo a la muerte –miedo al cambio- es también nuestro miedo a la vida misma. Para estar completamente vivos, debemos tener la buena voluntad para ser cambiados, para rendirnos al momento sin resistencia; debemos desear “morir diariamente”, momento a momento. Resistir estas “muertes” es resistir a la vida. Para vivir completamente, debemos darnos cuenta que la muerte –cualquier tipo de muerte no es sino la señal precursora de nueva vida. De este modo, tomamos el siguiente paso en el proceso de transición: de cambio y muerte, al renacimiento a una nueva vida.

 

La transición es un proceso. En nuestra cultura  altamente mecanizada, de “compostura rápida”, generalmente no entendemos o apreciamos la naturaleza del proceso. Aquellos que vivieron en culturas a tono con la naturaleza, entendieron y vivieron la vida como un proceso. Los procesos de la naturaleza, cambio de estaciones, migración de animales, etc. gobernaban la vida de la gente más primitiva. Ellos conocían íntimamente el proceso de la naturaleza y la naturaleza del proceso. Su supervivencia dependía de la habilidad para armonizar su vida con el flujo natural. Su vida espiritual, que no estaba separada de su vida diaria reflejaba su apreciación profunda de la sabiduría y belleza de los procesos naturales.

 

En nuestra cultura occidental moderna estamos menos armonizados con el proceso de la naturaleza de lo que estamos con el reloj y el calendario. Estamos acostumbrados a planear y programar nuestra vida de acuerdo a nuestros propios diseños o los diseños de otros, antes que de acuerdo con los procesos de la naturaleza. Relojes de tiempo, horarios, y fechas gobiernan el modo que vivimos la vida. Los procesos naturales de nuestro cuerpo, vida y medio ambiente, son frecuentemente ignorados o pasados por alto a favor de horario y conveniencia.

 

Nuestro mundo mecanizado y el consecuente estilo de vida mecanizado, también influencian el modo en que estructuramos nuestra auto-imagen  y hasta nuestro sentido de la realidad. Hablamos acerca de ser “útiles” y “productivos”, lo cual no es necesariamente malo, pero frecuentemente equiparamos nuestro valor como personas con nuestra utilidad y productividad. Esta actitud nos lleva a vernos a nosotros mismos y a otros como máquinas para ser usadas, más que como seres humanos para ser amados y respetados. Tendemos a ver la educación como primordial para el propósito de desarrollar habilidades mercantiles y de productividad económica antes que buscar el auto-desarrollo o enriquecimiento de la calidad de nuestra vida. El así llamado “sueño americano” está basado en gran parte en valores de materialismo y status social, más que en paz mental y genuina felicidad. Nuestro modo de vida está basado mayormente en lo que se podría llamar “paradigma mecanizado”.

 

Hace algunos meses, yo compré un coche. Fue un procedimiento relativamente simple: Vi el auto que quería, negocié el trato, ofrecí como parte de pago mi viejo auto, firmé los papeles legales, me subí a mi coche nuevo y me fui. Camino a casa pensé: “desearía que todos los cambios en mi vida fueran tan simples y directos”. Pero raramente lo son, y sin embargo, ¿cuántos de nosotros, yo incluido, hemos tratado de manejar nuestros cambios de vida de la misma forma mecánica? ¿cuántos de nosotros estamos viviendo con dolor y confusión porque tratamos de ver todas nuestras transiciones de vida en el marco de este paradigma mecánico.

 

Tratar con el cambio mecánicamente, a menudo resulta en dolor y confusión, porque nuestra verdadera naturaleza humana está intrínsecamente relacionada con el proceso natural. Un proceso es un cambio o series de cambios que ocurren en un período de tiempo. Un proceso, usualmente, tiene ciertos elementos predeterminados o frases que generalmente suceden en orden o secuencia específica. Las fases o elementos deben, cada uno, ocurrir en el tiempo correcto y en el orden correcto.

 

Tratar efectivamente con cualquier proceso, requiere que tengamos la buena voluntad para confiar en la sabiduría  divina impresa en la vida, y en el orden inherente al proceso. Tratar de forzar con nuestra voluntad personal un proceso, es generalmente, contraproducente y puede ser muy dañino. Por ejemplo, tratar de forzar que una flor florezca antes de que esté lista, puede matar la flor. Intentar hacer que un niño camine o hable prematuramente, puede tener un efecto dañino en la psique del niño. Cada vez que violamos el proceso natural, lo dañamos, y a menudo también infligimos sufrimiento.

 

El paradigma mecanizado generalmente no honra el “orden divino” dentro del proceso. Al operar mecánicamente, tratamos de favorecer la funcionalidad, la conveniencia y el pronóstico, sin confiar en la sabiduría del proceso. Nuestro estilo de vida mecanizado y consumista ve la mayor parte de las cosas (y algunas veces a las personas), para nuestro propio uso. Esta actitud ha sido perjudicial, no sólo para nuestro medio ambiente, sino para nosotros mismos, tanto para nuestro cuerpo como para nuestra alma. Tal vez, la presente crisis ecológica está forzándonos a cambiar esta actitud hacia el medio ambiente y hacia nosotros mismos.

 

La transición es un proceso. Si lo tratamos mecánicamente podemos fracasar en el aprendizaje de sus enseñanzas, dejar de ganar la fuerza y sabiduría disponible con la experiencia y, consecuentemente, podemos hacernos daño a nosotros mismos y a otros.

 

Entender la naturaleza del proceso de transición y confiar en el orden y sabiduría divina inherente a él, nos provee con la oportunidad para usar la transición como un tiempo de crecimiento  y aprendizaje acelerado. Exploraremos ésto en la Parte 2.