Transiciones: Parte 3. El Final es Desde Donde Comenzamos

Tal vez el aspecto más temible de la vida es cuando un modo de vida llega a su fin. En el tercer artículo de la serie, Robert Brumet no se refiere solamente a nuestro miedo, sino a los pasos prácticos para entender la experiencia y saber qué hacer al respecto.

 

“EL FINAL ES DESDE DONDE COMENZAMOS”.

Por Robert Brumet.

 

“Lo que llamamos el comienzo, es con frecuencia el final. Y llegar al final, es hacer un comienzo. El final es desde donde comenzamos”. T. S. Eliot.

 

Todo en este mundo fenomenológico tiene por lo menos una cosa en común: Todo tuvo un principio, y todo tendrá un final. La duración del tiempo, tal como lo medimos, entre el comienzo y el final, pueden ser fracciones de segundo o millones de años. Aún así, cada forma de vida física tiene un comienzo y un final. Dentro de la experiencia del tiempo de vida de un humano, tenemos innumerables comienzos y finales. Cada respiración, cada actividad, cada relación tiene un comienzo y un final. Cada comienzo es una forma de nacimiento, cada final es una forma de muerte.

 

Nosotros, en el mundo occidental, generalmente no nos sentimos cómodos con la muerte en ninguna forma. Tendemos a reconocer y celebrar los comienzos y a negar y lamentar los finales. Nos regocijamos con el nacimiento, y sin embargo con frecuencia vemos la muerte como tragedia. Celebramos bodas pero tendemos a ver el divorcio como fracaso. Hasta una ceremonia de graduación, un tiempo obvio para reconocer un final, es referido como “comienzo” y la tónica del orador se referirá típicamente al “futuro vasto y sin límites que tienen por delante”.

 

Ciertamente, hay mucho contenido bueno y verdadero en nuestras costumbres sociales y frecuentemente nuestra sabiduría convencional contiene medias verdades. Es bueno celebrar comienzos, pero los finales también necesitan ser honrados y tal vez, también celebrados. Nosotros sólo podemos experimentar verdaderamente un nuevo comienzo cuando hemos concluido plenamente el final que lo precedió. De otra forma, simplemente cargamos con el asunto pendiente del pasado y lo proyectamos hacia el futuro.

 

Los Finales pueden ser subestimados o sobre-estimados.

 

La mayoría de nosotros no manejamos los finales muy bien. Tenemos una tendencia a subestimar o sobre-estimar la importancia del final. Veamos primero a la subestimación. La importancia de un final es subestimado cuando dejamos de reconocer el impacto que tiene en nuestra vida, cuando minimizamos su efecto en nosotros.

 

Hay varias razones por las cuales minimizamos la importancia de un final. Una razón, es que, tal vez, estemos intentando negar la pena asociada con la pérdida. Cada final es un pérdida, y el dolor es una respuesta normal a la pérdida. La pena es una emoción dolorosa, y tratamos instintivamente de protegernos a nosotros mismos de este dolor. Además, puede que no haya el soporte emocional necesitado de nuestra familia o amigos para ayudarnos a experimentar nuestro pesar. Puede que nos aconsejen “ser fuertes” y “mantener control”. Excepto bajo circunstancias bastante restringidas, nuestras costumbres sociales generalmente no soportan la experiencia de dolor, especialmente en los hombres.

 

Como resultado, muchos de nosotros cargamos un recipiente de penas de las pérdidas previas de nuestras vidas. Cada final puede disparar este dolor sin resolver del pasado, sumado al del presente. Si ésto parece que es más de lo que podemos soportar, quizá intentemos evadir el dolor con alguna forma de negación o distracción. Sin embargo lo más probables es que esto sólo añada al “recipiente” más penas, y potencialmente cree más sufrimiento. Consecuentemente, podemos aterrarnos por una pérdida menor, porque la “Caja de Pandora” de las pérdidas anteriores puede abrirse.

 

Como discutimos antes, nuestra cultura ha adoptado algo así como una orientación “mecanizada” hacia la vida. Este paradigma tiende a ver los finales, especialmente los inesperados, como una interrupción, como si algo “estuviera mal”. Un final inesperado puede desencadenar nuestra ansiedad acerca de lo impredecible de la vida. Puede provocarnos miedo de estar fuera de control y vulnerables a los aparentemente desordenados eventos que impactan y determinan nuestras vidas. Un final inesperado no embona dentro del concepto de nuestra vida, funcionando como una “máquina bien aceitada” que nosotros personalmente operamos. Amenaza nuestra necesidad de control…

 

Subestimar la importancia de un final es negar su impacto en nuestras vidas, es no tomarlo suficientemente en serio.

 

Por otro lado, es posible tomar un final drásticamente y sobre-estimar el impacto que tiene en nuestras vidas. Una ilustración clásica es la del amante que se tira de un  acantilado cuando su novia lo rechaza o el millonario que salta de un puente cuando pierde su fortuna. Hay también otros modos menos dramáticos de sobre-estimar el impacto de un final. Cuando vemos un final como algo absoluto, en lugar de como el comienzo de un proceso de transición, puede que estemos exagerando al tomarlo demasiado seriamente.

 

La Única Cosa que Nunca se Pierde.

 

Ahora, en un sentido, cada pérdida es permanente, de otra forma no sería vista como una pérdida. Para estar seguros, la persona que murió se fue permanentemente (en un sentido físico); la relación que finalizó, probablemente se acabó para siempre; las circunstancias perdidas de nuestra vida nunca serán exactamente las mismas. De todos modos, lo que no se ha perdido es la posibilidad de un nuevo comienzo. Lo que no se ha perdido permanentemente, es nuestra habilidad para vivir y amar y gozar la vida. En verdad, al aceptar nosotros los finales como parte de un grandioso proceso de vida, aumentamos nuestra habilidad para vivir y amar y gozar la vida.

 

Veremos más tarde, que una sensación de vacío y falta de sentido acompaña muchas grandes transiciones de vida. De todas maneras, nosotros sobre-estimamos la importancia de un final cuando percibimos que este vacío y falta de sentido es una condición permanente, en lugar de un tránsito a una nueva vida. NOSOTROS SOBRE-ESTIMAMOS LA IMPORTANCIA DE UN FINAL CUANDO CREEMOS QUE LA PERSONA O CIRCUNSTANCIA PERDIDA ERA LO QUE LE DABA SENTIDO A NUESTRA VIDA Y QUE SIN ESTA CONDICIÓN EXTERNA, NUESTRA FELICIDAD SE HA PERDIDO PARA SIEMPRE.

 

Con mucha frecuencia, aconsejo a mis estudiantes que honren los finales, pero que no los idolatren. Idolatrar un final, es darle más poder del que merece, hacerlo más grande de lo que ustedes son. Honrar un final, es reconocer el impacto que tiene en nuestras vidas; es honrar a la gente y experiencias que fueron importantes para nosotros; es honrar la sabiduría divina y pedirle que gobierne cada aspecto de nuestra vida, si no tenemos ojos para verlo.

 

Ahora, vamos a ver las diferentes maneras por las cuales somos impactados por un final. William Bridges identifica “cuatro aspectos diferentes de la experiencia del final natural: Desapego, Desidentificación, Desilusión y Desorientación”. Veremos a cada uno individualmente, aunque todos ellos están relacionados muy de cerca. De hecho, es común experimentar más de uno a la vez. Lo que sigue es una descripción de cada uno de estos aspectos de la experiencia de final.

 

DESAPEGO

 

Una de las definiciones de apego es “entrelazarse con” alguien o algo. Desapegarse, es “soltar” el enlace que una vez existió. Normalmente, nos entrelazamos intrínsecamente con la gente, lugares, roles y actividades que son parte regular de nuestra vida. Frecuentemente, no nos damos cuenta de qué tan complejo es el enlace hasta que comenzamos a desapegarnos.

 

Los finales con frecuencia comienzan con un desapego. El fin de un  matrimonio, una graduación, la pérdida de empleo, todo requiere que nosotros nos desapeguemos de aquello que, una vez fue una parte familiar de nuestra vida. Podemos saber que estamos “empezando un final” por los cambios en las circunstancias externas de nuestra vida.

 

Por otro lado, el desapego puede no ocurrir hasta “el final del final”. Por ejemplo, físicamente podemos quedarnos en una profesión o relación hasta mucho tiempo después que hemos retirado nuestras energías mentales y emocionales. El final externo puede ser el último paso en el proceso interno que empezó hace meses o aún años.

 

Normalmente es difícil determinar exactamente cuándo o cómo realmente empieza el final; las causas existen en muchos y diferentes niveles. La causa suprema siempre es la única Presencia y el único poder que nosotros llamamos Dios, buscando expresarse a través de nosotros más perfectamente. Es esencial que escuchemos y confiemos en este poder que trabaja en nuestra vida en cualquier forma que se exprese.

 

En los ritos de tránsito tradicionales, el proceso requiere que el inicio se separe a sí mismo de su lugar en el orden social. Esto se hace mandando a la persona fuera del pueblo, al bosque, cueva, desierto o montaña, para que esté solo. Esta separación externa, es símbolo de una separación interna que está tomando lugar. La separación externa es temporal; la interna es radical y permanente: la vieja vida es liberada para siempre; algo muere. El iniciador finalmente regresa al pueblo, pero no será la misma persona que se fue.

 

Este patrón es retratado en historias del héroe mítico, incluidas muchas de la Biblia. Jesús se aventuraría solo para orar cuando estuvo en un punto de transición en su vida. Su experiencia de cuarenta días en el desierto, donde encontró “al demonio”, es un ejemplo de desapego, como fue su tiempo en soledad en Getsemaní, donde Él se separa a sí mismo para un rito de tránsito importante en el Calvario. Moisés recibió los Diez Mandamientos del Señor, sólo después de desapegarse de su tribu y fue al Monte Sinaí solo. Elías oyó la “quieta vocecita” de Dios, cuando estuvo solo en una cueva en la montaña durante cuarenta días en el desierto.

 

En nuestra sociedad moderna, nosotros tenemos algunos ritos de tránsito formales. Todavía notamos que hay una fuerte tendencia para romper con los roles sociales familiares y con los patrones durante los períodos de transición cuando nos encontramos a nosotros mismos queriendo estar solos. Podemos haber creado, inconscientemente, un desapego para que podamos tener la separación necesaria. Algunas veces podemos encontrarnos a nosotros mismos sintiéndonos “espaciales” y pareciera que vivimos “en otro mundo”. Esta es la manera que la psique crea el espacio interno que necesitamos para nuestro trabajo en el “otro mundo”, el del alma.

 

DESIDENTIFICACIÓN.

 

El desapego es, ante todo, un proceso interno; mucha de nuestra identidad personal puede estar invertida en los roles, actividades y relaciones con las que estamos comprometidos. Como tales, nos vemos a nosotros mismos reflejados en aquellos que nos rodean. Cuando llega un final, este espejo exterior se puede sentir como si una parte de nosotros mismos faltara; en algunos casos, una parte muy grande. Mucho de este dolor que experimentamos con un final, es el resultado de esta pérdida de nuestra conexión con uno mismo. Allá Bozarth-Campbell escribe: “Mientras más representa para mí algo o alguien, más de mi misma he invertido, entregado o confiado fuera de mi misma. Al ser cortada de este algo o alguien, yo me creo, de hecho, cortada de esa parte de mí, que lo otro representaba. Parece que he perdido una parte de mí misma”.

 

Una de las tendencias más fuertes de un ser humano, es buscar mantener el sentido de identidad en uno mismo. Cuando vivimos con nuestra identidad en el exterior, intentaremos controlar nuestro medio para proteger esta identidad. Tan poderosa es esta fuerza, que muchos morirán antes que dejarla ir. La identidad está en uno mismo; es el centro de gravedad que nos rodea y en el que uno busca un sentido de equilibrio. Como el sol atrae a los planetas, nuestra identidad forma un campo de atracción que determina la “órbita” de nuestros pensamientos, sentimientos y comportamiento. A pesar de todo, cuando estemos deseando enfrentar nuestro miedo a lo desconocido, nuestro miedo a la aniquilación, y ver más allá de ésto, entramos dentro de una experiencia de lo que realmente somos, y quienes realmente somos, y eso ya es más de lo que nunca pudimos imaginar. Stephen Levine escribe: “Cuando dejamos ir al que nos imaginamos ser nosotros mismos, a nuestro pensamiento, a nuestro intento de controlar el mundo, nos topamos con nuestro ser natural, el cual ha estado esperando, pacientemente, todos estos años para que volvamos a casa”.

 

¿Cómo dejar ir al “ser imaginado” y abrirnos a nuestro “ser natural”?. Puede haber muchos caminos, y mucho ha sido escrito acerca de diversos senderos. Dentro del contexto de los finales, Bozarth-Campbell nos dice un simple, pero poderoso camino: “encontrar mi camino de regreso a la parte que faltaba de mi misma, es reclamarla de la persona o cosa que se fue. Es el proceso que yo he llamado “enfrentamiento al dolor” y es, literalmente, un proceso salvavidas. Enfrentar el dolor, no es solamente la manera de sobrevivir a una pérdida dolorosa, sino que es el modo de poder aprender a vivir más creativamente a través y más allá de una pérdida, desde dentro o afuera de una parte más profunda de nosotros mismos”.

 

El dolor no es sólo un síntoma de estar herido; es parte del proceso por el que somos curados. Cuando nos permitimos llorar plenamente nuestra pérdida antes que evitar esta lección, buscando otro espejo externo, estamos reclamando nuestro ser natural. Entonces, somos como el hijo pródigo, regresando al padre después de una larga estancia en el lejano país.

 

Ciertamente nos podemos atorar en nuestro dolor y tomar nuestra pérdida demasiado en serio. Una vez más, el sendero a la curación reside en honrar nuestra pena como un rito de tránsito, algo que atravesamos para darnos cuenta de quiénes somos realmente.

 

Jesús dijo, “Quién pierda su vida por mi, la encontrará”. (Mateo, 16:25). La desidentificación, es cuestión de perder la anterior vida de uno, la vida definida por lo externo, y tener la oportunidad de encontrarnos a nuestro ser –la esencia divina, que es el espíritu de Cristo en cada uno de nosotros.

 

DESILUSIÓN.

 

Estar “ilusionado”, es vivir bajo un encanto, y todos lo hacemos. Estamos ilusionados por nuestro paradigma cultural. Cada cultura intenta perpetuar su visión de realidad a través de cada uno de sus miembros. La mayoría de estas creencias colectivas son simplemente dadas por sentadas inconscientemente, y se asume que son verdad, virtualmente para cada miembro de esa cultura. Basamos nuestros valores, nuestros ideales, nuestras metas en estas “pseudo-verdades auto-evidentes” y ni siquiera nos damos cuenta que las estamos abrazando, hasta que algo nos provoca cuestionar una de estas suposiciones.

 

Por ejemplo, podemos asumir que el éxito externo trae felicidad, una creencia que ha sido una de nuestras normas culturales. Entonces podemos pasar una enorme cantidad de tiempo y energía acumulando bienes materiales y un status social, sin que eso nos traiga felicidad. Podemos hacer conjeturas de que es porque no tenemos “suficiente”, o no es de “la calidad correcta”. Lo único que conseguimos es darnos cuenta, que no hay suficiente de esta “calidad” en el Universo para hacernos felices. Esta idea, en la que basamos nuestra vida, ¡repentinamente se desvaneció!. Bienvenidos al país de la desilusión.

 

Este ejemplo, no es más que una de las innumerables ilusiones que circulan en nuestra cultura. Estas ilusiones no son necesariamente malas; pueden servirnos para ciertas etapas de nuestra evolución, pero nos pueden estorbar en otras. Lo que sirve para “cruzar el río” en un punto de nuestro viaje, puede ser un obstáculo en otro.  

 

(Compadécete del adulto que nunca creyó en un Santa Claus, pero compadécete aún más, del adulto que todavía cree).

 

Un paso importante para convertirnos en adultos consiste en renunciar a las ilusiones de la juventud, pero no tan pronto. Mucho de lo que llamamos crecimiento espiritual es un proceso de desnudarnos de nuestras ilusiones para el crecimiento.

 

Esto se oye como algo positivo y deseable… y lo es; sin embargo al comienzo de la desilusión, raramente parece así. De hecho, ¡se siente horrible!. Nuestro sentido de la realidad es desafiado; nuestros valores se ponen de cabeza; nuestro propósito para vivir parece que desaparece. La desilusión está sintiéndose como si la base se hubiera retirado el sustento de nuestra vida.

 

La desilusión difiere de la decepción. La decepción ocurre cuando una persona en particular o evento ataca nuestros deseos o intenciones. Con decepción no cuestionamos los fundamentos de las suposiciones, estamos simplemente enojados de que esta cosa en particular “no haya funcionado”. Con la desilusión, descubrimos que la intención misma “no funciona”, que se queda en una falacia. Podríamos decir que la decepción es cuando descubrimos que “no hay Santa Claus y nunca lo hubo”.

 

La desilusión puede venir después de un final externo; un desapego puede ocasionarlo. Puede también venir antes de que experimentemos cualquier cambio externo; la desilusión, en sí misma, puede ser el primer signo de un final. Tal fue el caso del autor Leon Tolstoy: A la edad de 50 años, Tolstoy relata que empezó a tener momentos de perplejidad, de lo que él llama estar “detenido”, como si no supiera cómo vivir, o qué hacer… La vida había sido encantadora, ahora era llanamente sobria, más que sobria, muerta. Las cosas que antes fueron auto-evidentes no tenían significado. Las preguntas ¿Por qué?, ¿Para dónde?, ¿Para qué?, y ¿Qué sigue?, empezaron a acosarlo más y más frecuentemente…

 

Estas preguntas, ¿Por qué?, ¿Para dónde?, ¿Para qué?, no encontraron respuesta. “Yo sentí” dice Tolstoy, “que algo se había roto dentro de mí, algo en lo cual mi vida siempre había descansado. Que no me quedaba nada de qué agarrarme, y que moralmente, mi vida se había detenido…

 

“Todo esto sucedió a tal grado que por un tiempo todas mis circunstancias externas se fueron. Yo debía haber estado completamente felíz: tenía una buena esposa…, buenos hijos…, una propiedad grande…

 

“Y todavía no podía dar un significado razonable a mi vida”.

 

La anterior vida de Tolstoy estaba llegando a un final; una nueva emergería finalmente y la desilusión fue el primer signo. Su situación ilustra la confusión que, con frecuencia rodea un final. La confusión es parte de otro fenómeno de la experiencia de final: desorientación.

 

DESORIENTACIÓN.

 

Estar desorientado, es “estar confundido, perder el propio sentido de dirección, tiempo y perspectiva”. Un final puede desencadenar cualquiera de estas experiencias. Una razón de por qué esto ocurre, es dada por William Bridges: “La realidad” que es dejada atrás en cualquier final, no es solamente un cuadro en la pared. De pronto no se sabe cuál lado está arriba y cuál está abajo; cuál lado está hacia delante y cuál está atrás. En pocas palabras, se pierde la manera de orientarse a sí mismos e ir hacia delante en el futuro.

 

Los “mapas de caminos”, que una vez usamos para guiar nuestra vida, repentinamente, se vuelven inútiles. Podemos encontrar que no estamos solamente en “territorio nuevo”, sino que los “instrumentos de navegación” de los que dependíamos, ya n o funcionan. Nuestro entero sentido de dirección está interrumpido. No es, nada más, que perdimos el camino; ¡hemos perdido el sentido de a dónde íbamos en primer lugar!.

 

Nuestro sentido de pasado y futuro yace dentro del contexto de un grupo de significados, valores, e identidades que comprenden nuestra realidad. Cuando éstas son sacudidas o aniquiladas por un final, nuestro sentido de pasado y de futuro está igualmente “revuelto”. La continuidad de nuestra vida se puede sentir quebrantada. Esto es referido por Murria Stein, como un estado de liminalidad psicológica; “Liminalidad… ocurre cuando el ego es separado de un sentido fijo de quién es y ha sido, de dónde viene y su historia, de a dónde va en el futuro; cuando el ego flota a través de espacios ambiguos en un sentido de tiempo ilimitado, a través de un territorio de límites no claros y filos inciertos; cuando está desidentificado de las imágenes internas que lo habían sostenido anteriormente y le daban un sentido de propósito”.

 

La desorientación resulta del desmantelamiento del antiguo ser, la antigua vida y la antigua realidad. Es un paso necesario en el desarrollo de la nueva vida, del ser transformado, de la gran realidad.

 

Cada uno llevamos dentro de nosotros mismos un grupo de preguntas que se han formado tempranamente en nuestra vida. Normalmente, estas preguntas están bajo el nivel de conciencia y son raramente verbalizadas. Las respuestas que hemos desarrollado a estas preguntas enmarcan nuestro sentido de la realidad. Estas preguntas son:

 

¿Quién Soy Yo?

¿Qué es real?

¿De qué se trata mi vida?

¿Cuál es mi lugar en el mundo?

 

A una edad muy temprana, empezamos a formular respuestas a estas preguntas. Nuestras preguntas se quedan con nosotros por mucho tiempo, normalmente… o algunas veces, toda una vida. Nada afecta nuestra vida más, que estas preguntas. Todas ellas son transformadas por un final.

 

El DESAPEGO cambia, o al menos desafía las creencias que hemos formado acerca de nuestro lugar en el mundo, nuestros roles, nuestras relaciones, nuestras responsabilidades. La DESIDENTIFICACIÓN aniquila el modo que contestamos ¿Quién soy yo?. La DESILUSIÓN resulta del rompimiento de nuestro sentido de “qué es real”. La DESORIENTACIÓN ocurre cuando nuestro sentido “de qué se trata mi vida”, es interrumpido.

 

Cada uno de estos aspectos de la experiencia de final, necesita ser honrado como un elemento esencial del proceso de transición. No hay un único “camino correcto” para hacer ésto. Es importante que estemos conscientes de todas nuestras reacciones a un final y nos permitamos experimentar completamente cada etapa del proceso. Como con cualquier proceso, no hacemos que suceda; sólo podemos permitir que pase a través de nosotros.

 

Como comentamos antes, éste es un tiempo de crisis, un tiempo de peligro y de oportunidad, un tiempo de interrupciones y rupturas. Es muy importante que nos permitamos a nosotros mismos tener nuestros sentimientos y nuestras experiencias internas, y al mismo tiempo, ser extremadamente cuidadosos y no tomar decisiones importantes o compromisos a largo plazo. Nuestros sentimientos y nuestras percepciones pueden variar grandemente de día a día. Lo que parece muy real y es importante hoy, puede parecer trivial e irrelevante mañana. Puede que sea tiempo de buscar guía y soporte de amigos, grupos de apoyo, y/o consejeros profesionales.

 

Es especialmente importante que regresemos al Dios de nuestro entendimiento durante estos tiempos de tránsito. Irónicamente, éste es a menudo un tiempo en que nuestra fe en todo, incluyendo a Dios, es sacudida. Pero, no podemos más que darnos cuenta de la posibilidad de una comprensión de Dios enteramente nueva: la relación con Dios está emergiendo. Cada transición, nos permite la oportunidad de un “Dios más grande”, que en el que una vez creímos. Nosotros podemos darnos cuenta que Dios no sólo nos está guiando a través de la transición, sino que ES la misma fuerza que está ocasionando la transición y la transformación resultante.