Transiciones: Parte 4. El Viaje que Todos Hacemos

Cuando tu vida ha sido buena, pero se encuentra interfiriendo en el camino de tu progreso, tienes dentro de ti recursos poderosos para cambiar. ¿Los usarás?.

 

EXODO:

 

EL VIAJE QUE TODOS HACEMOS.

 

Por Robert Brumet.

 

Patrones de Memoria Comunes a la Raza Humana.

 

Carl Gustav Jung, un psicólogo suizo, propuso la existencia de una memoria colectiva inconsciente en la psique humana. Así como los animales heredan el conocimiento instintivo común a las especies, nosotros los humanos, de acuerdo con el Dr. Jung, heredamos patrones de memoria que son conocidos como “arquetipos”.

 

Los arquetipos pudieran ser pensados como “órganos” de la mente. Igual que cada órgano en el cuerpo humano tiene una función específica que sirve al bienestar de todo el cuerpo, así cada arquetipo en el inconsciente colectivo sirve para el bienestar de la psique. Las memorias arquetípicas no son personales; no pertenecen al individuo, pero si a la raza humana. A estas memorias se puede tener acceso solamente a través de sueños y visiones y a través del estudio de mitos y escrituras antiguas.

 

Los animales se guían por sus instintos para funcionar en varios ciclos de sus vidas. (ej. prepararse para el invierno, reproducirse, aparearse, criar…). Como  humanos nosotros también tenemos un conocimiento interno que puede ser utilizado para mantenernos a través de los ciclos de nuestras vidas. La gente de culturas antiguas hacía uso de este conocimiento instintivamente a través de sus rituales, folklore y mitos. Nosotros volvemos a despertar a este conocimiento perdido y a través de la oración y meditación recobramos el acceso a esta sabiduría del alma.

 

El Trayecto es tan Importante como el Destino.

 

La historia bíblica del Éxodo yace dentro de la memoria colectiva de la cultura Judeocristiana. Como tal, es más que un informe histórico de una cierta tribu de gente: es una historia que todavía vive dentro de nosotros. Históricamente, es lo que le sucedió a una tribu del pueblo hebreo que escapa de una vida de esclavitud en la Tierra de Egipto, cruzando el árido desierto de la Península del Sinaí, y llegando finalmente a la Tierra de Canaán –La Tierra Prometida. El significado de esta historia yace, no sólo en el escape geográfico de Egipto a Canaán, sino en lo que sucedió en el Trayecto. El mensaje no estaba en la Tierra Prometida, sino en el desierto donde los Israelitas hicieron la transición: de ser una tribu de refugiados pasaron a ser una nación con una identidad, un convenio y una misión.

 

De este modo, nosotros descubrimos la primera lección de esta gran historia: el poder transformador del proceso de transición yace, no en nuestra llegada a un cierto destino, sino en nuestra experiencia del proceso en sí mismo. Una transición es un trayecto. En nuestra cultura de alta tecnología –todo instantáneo-, hemos olvidado el arte de hacer el Trayecto. Nosotros viajamos mucho, pero raramente experimentamos el trayecto. Cuando viajamos, nos reinstalamos’mecánicamente de un lugar a otro. Nos subimos a nuestro avión, tren o automóvil y buscamos estar cómodos y mantener nuestra mente ocupada hasta que llegamos a nuestro destino. Cuando experimentamos el trayecto, el efecto es, en sí mismo, tan importante como la llegada a nuestro destino. Somos transformados por el trayecto en sí, de tal manera que llegamos diferentes de cuando partimos. Y así es con el proceso de la transición.

 

Al considerar la historia del Éxodo, estamos interesados, no tanto en su exactitud histórica, sino en la enseñanza que tiene para nosotros. Interpretaremos el significado histórico principalmente desde una perspectiva metafísica, escogiendo esos arquetipos que son universales para el proceso de transición. Desde este punto de vista, vemos la historia como una lección. Como un sueño, nos enseña a través de simbolismos. Vemos a cada persona, lugar y cosa en esta historia como parte de nosotros mismos, como un símbolo arquetípico dentro del inconsciente. De este modo, la historia nos revela su sabiduría acerca de nosotros mismos.

 

La Esclavitud, que una vez, fue Libertad.

 

La historia empieza con los Israelitas viviendo como esclavos en la Tierra de Egipto; ellos están esclavizados a sus Señores supremos. Pero esto no empezó así. Los Israelitas originalmente se establecieron en Egipto en respuesta a una crisis cerca de 400 años antes: “Hubo hambre por todos los países, pero en Egipto había pan”. (Génesis, 41:54).

 

”Al saber Jacob que en Egipto había trigo, dijo a sus hijos… He oído que se vende trigo en Egipto. Vayan allá y compren trigo, a fin de que no muramos” (Génesis 42:1-2).

 

Sin el conocimiento de Jacob, su hijo José estaba viviendo en Egipto y estaba a cargo de la venta de grano: “Y de todas partes llegaron a Egipto a comprar trigo a José, ya que la escasez era universal”: (Génesis, 41:57). /cuando los hermanos de José llegaron a Egipto, ellos no lo reconocieron, pero finalmente José revelo su identidad a sus hermanos y les hizo traer a su padre Jacob (también conocido por “Israel”) a vivir a Egipto: “Así Israel moró en la Tierra de Egipto, en la Tierra de Gosén; tomaron posesión de ella, fructificaron y se multiplicaron mucho”. (Génesis, 47:27).

 

Inicialmente, Egipto era un don del cielo, literalmente un “salvavidas”, Pero lo que nos puede salvar en un punto en nuestra historia, puede aprisionarnos más tarde. Cuatrocientos años después de que Jacob y su familia se estableciera en Egipto, las circunstancias cambiaron significativamente: Un nuevo rey gobernó a Egipto, que no conocía a José, y le dijo a su pueblo: “Fíjense que los hijos de Israel forman un pueblo más numeroso y fuerte que nosotros; por esto, tomemos precauciones contra él, para que no siga multiplicándose, no vaya a suceder que si estalla la guerra, se una a nuestros enemigos para luchar contra nosotros y así salir del país. “Entonces les pusieron capataces a los Israelitas, para afligirlos… Ellos hicieron a la gente de Israel servir con rigor, e hicieron sus vidas amargas con servicio duro”. (Éxodo, 1:8, 13-14).

 

Mucho de nuestro viejo modo de vida, y de hecho, mucha de nuestra identidad en sí misma, fue formada como una respuesta a algunas necesidades que una vez tuvimos. Como niños, nos adaptamos a las necesidades y deseos de nuestra familia para poder satisfacer las nuestras propias. Nos formamos creencias, actitudes y patrones de comportamiento que pueden habernos servido bien en nuestra niñez. Sin embargo, treinta o cuarenta años más tarde, estos mismos patrones pueden esclavizarnos y hacer nuestra vida amarga porque las circunstancias de nuestra vida son totalmente diferentes. Los patrones de pensamiento, sentimiento y comportamiento que una vez existieron para servirnos y protegernos, pueden ahora esclavizarnos. La esclavitud de los Israelitas en Egipto es símbolo de esta condición de volverse un “prisionero del pasado”.

 

Moisés –El líder.

 

La huída fue iniciada y dirigida por un hombre llamado Moisés. (Más correctamente, podríamos decir, que fue hecha por el Señor a través de Moisés). Así que, vamos a ver la historia de la vida de este hombre.

 

Empezamos con el Faraón, el rey de Egipto, a quien “llegaron a temer los Israelitas”. (Se cree que fue Ramses II, quien reinó en el siglo XIII A. C.). Ramses II no solamente hizo “sus vidas amargas con trabajo duro” sino que ordenó a las parteras de los Hebreos, que dieran muerte a cualquier niño varón nacido de mujer Hebrea. Las parteras se negaron secretamente a llevar a cabo esta orden, así es que el rey ordenó a toda su gente: “Echen al Nilo a todo niño nacido de los Hebreos”, (Éxodo, 1:22).

 

Cuando Moisés nació, su madre Hebrea lo mantuvo escondido por tres meses. Entonces lo puso en un canasto de papiro, le tapó los agujeros con alquitrán y brea, metió en él al niño y lo puso entre juncos a la orilla del río Nilo. La hija del Faraón bajó a bañarse en el río, vio el canasto entre los juncos y envió a una criada a buscarlo. Después de abrirlo, el bebé comenzó a llorar y la princesa se compadeció, dándose cuenta que era uno de los niños de los Hebreos que su padre había ordenado a matar. La hermana de Moisés que había estado cerca observando, se acercó a la princesa y ofreció encontrar una nodriza Hebrea para criar al niño. Esto fue acordado, y ella corrió a llamar a la madre de Moisés, que se convirtió en su nodriza. Cuando el creció, la hija del Faraón lo adoptó y le dio el nombre de Moisés (Del verbo hebreo mashah, que significa “sacado”).

 

El Arquetipo del Niño Divino.

 

El nacimiento de Moisés sigue el tema del arquetipo del “niño divino” encontrado en muchas historias. El modelo de esta historia en particular, fue la leyenda mucho más antigua del gran rey de Mesopotamia Sargón de Akkad.

 

Metafísicamente, el nacimiento del niño divino es el nacimiento de la expresión fresca, inocente y creativa del “ser real” en cada uno de nosotros. Jane Singer describe cómo siempre este niño trae la promesa de una nueva vida: “El arquetipo del niño divino tiende a aparecer antes de una transformación en la psique. Su aparición recuerda la huella de eones en la historia del mundo que fue anunciada por la aparición de un infante que derroca el viejo orden, y con pasión  e inspiración, comienza una nueva era”.

 

Esta nueva vida, aunque potencialmente muy poderosa, es también muy frágil en sus comienzos. El “Faraón” dentro de nosotros busca destruirlo, porque de hecho amenaza el viejo orden de nuestra vida. Es necesario proteger cuidadosamente esta nueva vida, escondiéndola de las fuerzas hostiles del viejo orden. Algunas veces el “Faraón” aparece externamente en forma de amigos bien intencionados o miembros de nuestra familia buscando que regresemos a “nuestro viejo ser”, porque el nuevo los amenaza y les da miedo…

 

Lo que está Escondido Será Revelado.

 

Como niño, Moisés creció en la corte real, pero permaneció consciente de su origen Hebreo. Varios años después, ya como un hombre adulto, vio a un Egipcio azotando a un esclavo Hebreo. Enfurecido por lo que vió, Moisés mató al Egipcio pensando que nadie podía verlo, y enterró el cuerpo en la arena. Sin embargo, había sido visto y el acto fue reportado al Faraón quien entonces buscó matarlo.

 

Moisés huye al este, al desierto del Sinaí y se queda en la Tierra de Madián.

 

A Moisés le dolían las condiciones que veía en Egipto y actuó según esos sentimientos por lo que, una vez descubierto, fue forzado a abandonar Egipto. Nosotros también podemos tener sentimientos apasionados acerca de algo y, por el miedo, tratamos de suprimirlos para “enterrarlos en la arena”. Pero una ley primordial de conciencia es: lo que está escondido, algún día será revelado. La negación de nuestros sentimientos verdaderos puede parecer que funciona por un tiempo, pero llegará el día en que no se puedan esconder más y deberán ser reconocidos ampliamente. Esto puede precipitar alguna forma de transición, como lo hizo para Moisés.

 

Llamado a una Nueva Identidad.

 

En el desierto de Madián, Moisés se refiere a sí mismo como un “extraño en una tierra extraña” Éxodo, 2:22 KJV) –un sentimiento compartido por mucha gente en el proceso de transición. Finalmente, el viene a trabajar para un hombre llamado Ragüel y se casa con su hija Séfora. Un día, cuidando del rebaño de Ragüel, Moisés llegó al Monte Horeb (Sinaí) y se acercó a examinar una visión extraña: un arbusto que ardía sin ser consumido. La voz del Señor salió del arbusto, le ordenó quitarse los zapatos porque estaba en terreno sagrado y le dijo que había sido escogido para dirigir a su pueblo fuera de la opresión y llevarlo a la Tierra Prometida. Moisés no se atreve a esta tarea: ¿Quién soy yo, para ir al Faraón y sacar a los hijos de Israel fuera de Egipto?”. Para tranquilizarlo, El señor le dijo: “Yo estaré contigo”. Y  a la pregunta de Moisés, revela su nombre “Yo Soy Quién Soy” (Éxodo, 3:11-14).

 

Una traducción exacta del nombre del Señor no puede ser dada; “Yo Soy Quién Soy” es una de muchas traducciones posibles. El significado esencial de este nombre es que El Señor es Ese que es la Base de todo Ser, la primera causa de todo lo que existe.

 

La esencia de quiénes somos nosotros, es este “Yo Soy”; este ser transpersonal que no puede ser definido o descrito por la palabra o concepto. El poeta Kahlil Gibrán escribe al respecto: “Ser, es un mar ilimitado y desmesurado”. Moisés, que estaba identificado con su ser personal, se sintió inadecuado para esta tarea. Cuando nosotros estamos únicamente identificados con nuestro ser personal, el ego, nos sentimos inadecuados para la tarea de la transformación. Si cultivamos nuestra conciencia del “Yo soy”, y aprendemos a rendirnos a este ser transpersonal (como Moisés finalmente hizo), nos damos cuenta que nuestras únicas limitaciones son aquellas que nos imponemos.

 

Con la dirección y apoyo del Señor, Moisés confronta al Faraón diciendo “Así dice el Señor, el Dios de Israel: Deja salir a mi pueblo” (Exodo, 5:1). El Faraón rehusa, y así niega cualquier conocimiento de Dios. Sólo después de sufrir diez terribles plagas, el Faraón finalmente accede a dejar ir a los Israelitas.

 

Enfrentándose a la regla del Pasado.

 

Ahora examinemos al Faraón. Para los Egipcios, el Faraón era mucho más que un rey, era una deidad, la encarnación de lo divino. Metafísicamente, Egipto simboliza la vida del no despertar, la vida gobernada por preocupaciones externas y materiales. El Faraón representa la unión de este mundo. Simboliza el ego personal, -el ser separado de la conciencia del Señor, de nuestro verdadero ser. Gobierna con el miedo siempre presente, porque parte de sentirse separado de su verdadera naturaleza.

 

A menudo, sólo después de sufrir la “plaga” de un gran sufrimiento, deseamos rendirnos a la voz del Señor que nos habla. Sólo después de sufrir inmensas penas –incluyendo la muerte de su propio hijo, -el Faraón accede a dejar ir a los Israelitas… y aún así, después, cambia de parecer.

 

“Cuando el rey de Egipto fue informado de que la gente había partido; la mente del Faraón y sus sirvientes cambió y dijeron, “¿Qué es ésto que hemos hecho, que hemos dejado que Israel nos deje de servir y que parta?”. Así es que, hizo preparar su carro y llevó sus armas con él, y llevó seiscientos carruajes escogidos… Los Egipcios los persiguieron, todos los caballos y carros y sus hombres a caballo y sus guerreros, y les dieron alcance mientras acampaban junto al mar”. (Éxodo, 14: 5-7,9).

 

La vieja realidad no se olvida fácilmente, y justo cuando pensamos que hemos “puesto el pasado en el pasado”, sorprendentemente, éste nos persigue con gran fuerza. A veces, es muy fácil volverse miedoso y desanimado, como les pasó a los Israelitas. “Cuando El Faraón se acercaba, sintieron mucho miedo, clamaron al Señor y le dijeron a Moisés: “¿Acaso no había tumbas en Egipto para que nos hayas traído a morir al desierto?. ¿Qué has hecho de nosotros al sacarnos de Egipto”. (Éxodo, 14: 10-11).

 

Atrapados entre los guerreros egipcios y el Mar Rojo, parecía haber poca esperanza para los israelitas.

 

Atrapados entre las memorias del pasado (que en el presente son sólo pensamientos) y un futuro incierto, podemos sentir ansiedad y arrepentimiento, porque podemos sentirnos, aparentemente, en una situación desesperante. Entonces podemos lamentarnos de nuestras decisiones previas: “Porque hubiera sido mejor servir a los egipcios que morir en el desierto”: (Éxodo, 14:12).

 

Saliendo adelante en la Vida.

 

La solución a este dilema, está dado claramente en la historia: “Y Moisés dijo a su gente: No se asusten, permanezcan firmes, y verán de qué manera El Señor los va a salvar; porque los egipcios que ven ahora, nunca más los volverán a ver. El Señor peleará por ustedes, y ustedes solamente tienen que aquietarse.

 

El Señor dijo entonces a Moisés, ¿Por qué clamas a Mí?. Di a la gente de Israel que se ponga en marcha. Levanta tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen en seco por en medio del mar”. (Éxodo, 14: 13-16).

 

El resto es historia: Moisés levanta su bastón, el Mar Rojo se parte, y los hijos de Israel cruzan por el mar partido. Los egipcios los persiguen, sólo para encontrar que el mar regresa para sumergirlos; todos los egipcios se ahogan y los hijos de Israel están libres para seguir su destino.

 

Esta es una lección muy poderosa: dejar ir el pasado y salir adelante con la vida. La enseñanza consiste en dos partes: primero, permanece firme sabiendo que El Señor, el YO SOY de tu ser, -trabajará para ti hoy. Segundo, estate quieto y sabe… y entonces avanza hacia delante con fe y coraje.

 

El bastón levantado simboliza el poder, no el poder del mundo, sino el poder del espíritu trabajando para ti cuando lo llamas. Este poder puede trabajar de manera que parezcan ser milagros en tu vida. No le pidas ayuda a Dios, sino preferiblemente reclama y agradece el poder creativo de Dios que ya trabaja en tu vida… y entonces avanza hacia delante con fe, a pesar de todos los aparentes obstáculos.

 

El Éxodo de Egipto fue un final. La historia del Éxodo es un retrato arquetípico de finales. Rica en simbolismo, esta historia es una verdadera mina de oro realmente práctica. Vimos que Egipto no era inherentemente un mal lugar… De hecho, en una época de la historia de Israel, fue un muy buen lugar que los salvó del desastre. Pero a los hijos de Israel les quedó pequeño su medio ambiente. A nosotros también, pueden quedarnos pequeñas las circunstancias, aunque hayan sido buenas una vez. Nosotros también necesitamos un Moisés interno para guiarnos más allá de nuestra antigua vida. Como los hijos de Israel, podemos sentir miedo y ansiedad y podemos apegarnos al pasado… pero siempre El Señor de nuestro ser está ahí, dirigiéndonos, guiándonos, llamándonos hacia la Libertad.