Transiciones: Parte 6. Qué hacer cuando la vida se convierte en un desierto

 

 

Cuando los cambios en nuestra vida nos traen a lugares de tierra improductiva y el paisaje de nuestro mundo se ve desierto, hemos encontrado uno de los estados más importantes de transformación.

 

En el drama de la historia del Éxodo de Israel, Robert Brumet nos muestra aquellos principios prácticos que nos ayudan a saber.

 

QUÉ HACER CUANDO LA VIDA SE CONVIERTE EN UN DESIERTO.

 

Volviendo ahora a los hijos de Israel: los encontramos a salvo de todo daño, habiendo escapado con un estrecho margen del Faraón y sus hombres, quienes se ahogaron en las aguas partidas del Mar Rojo que se cerraron sobre ellos.

 

”Aquel día, El Señor liberó a Israel del poder de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos en la orilla del mar. Israel vio los prodigios que El Señor había obrado contra Egipto. El pueblo temió al Señor y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo”. (Éxodo, 14:30-31).

 

Siguiendo a Aquel Con Entrenamiento En El Desierto.

 

Una vez que terminó la celebración por haber sobrevivido al “Faraón y su brigada”, los Israelitas fueron confrontados con la dura realidad de su presente situación: estaban verdaderamente indefensos contra el desierto, sin comida o agua, sin idea de a dónde iban a ir, y sin protección contra cualquier fuerza hostil que pudieran encontrar.

 

Además los Israelitas, habiendo vivido muchas generaciones bajo el reglamento de los Egipcios, no estaban familiarizados con la vida nómada del desierto. Moisés era el único con “entrenamiento” que había recibido de su propia jornada por el desierto. Pero, Moisés tenía además otro recurso: acceso directo al Señor, lo cual probó muchas veces ser lo ‘’único que salvó a los hijos de Israel”.

 

Relacionemos esos eventos con nuestra propia experiencia en el desierto. En la fase del Final estamos preocupados con el pasado: con los “Egipcios” que nos persiguen. Finalmente, los Egipcios “se ahogan”, al nosotros aceptar la experiencia del Final. El pasado deja de ser nuestro enfoque principal.

 

Esto es a la vez buenas noticias y malas noticias. Las buenas noticias son que ahora estamos listos para el próximo paso en el proceso de nuestra transición. Las malas noticias son que el siguiente paso es frecuentemente difícil. No es automáticamente el renacer, sino que nos paramos en el desierto –el Vacío- y podemos sentirnos perdidos y vulnerables, como se sintieron los hijos de Israel. Pero hay que recordar que tenemos a un Moisés dentro de nosotros, uno que tiene “entrenamiento en el desierto” y acceso directo con el Señor de nuestro ser, el YO SOY dentro de cada uno que nosotros, como los hijos de Israel, descubrimos que es el único que nos salva.

 

En el desierto, la necesidad más apremiante es el agua. La primera vez que los Israelitas descubren agua fue en el desierto de Sur, en un lugar llamado Massa; pero no pudieron beber el agua porque estaba amarga. La gente murmuraba contra Moisés (el primero de varios murmullos), rápidamente olvidando el “voto de confianza” que le habían dado tres días antes.

 

El Patrón de la Alianza: Nutrición y Dirección.

 

El señor entonces mostró a Moisés un árbol y le ordenó que lo tirara al agua, y el agua se volvió dulce. Entonces, El Señor hizo un pacto con los hijos de Israel: “Si de veras escuchas la voz del Señor, Tu Dios, y haces lo que es justo a sus ojos, dando oídos a sus mandatos y practicando sus normas, no descargaré sobre ti ninguna plaga de las que he descargado sobre los Egipcios: porque Yo Soy El Señor, que te doy salud”. (Éxodo, 13:26).

 

Aquí vemos un patrón, el cual es repetido muchas veces durante la experiencia del desierto: la gente experimenta una crisis, ellos murmuran en contra de Moisés, el Señor interviene y los salva. Entonces el Señor hace con el pueblo una Alianza, una promesa. Algunas veces es una promesa incondicional y otras, condicional. La condición es, normalmente, ser obediente al Señor.

 

Esta Alianza tiene relevancia para nuestro proceso de transición. El Señor simboliza al YO SOY dentro de cada uno de nosotros: nuestra esencia divina. Si nosotros escuchamos la voz de este Señor interno –la “quieta vocecita” de la intuición- y seguimos la dirección que recibimos, seremos inmunes a las “enfermedades” del ego (los Egipcios). De hecho este Señor dentro de nosotros es nuestro sanador: es ese poder que nos da la totalidad. Cuando nosotros escuchamos y seguimos esta voz interna, nos vemos libres de muchos males que plagan la conciencia egocéntrica.

 

En el vacío, cuando todos los “reglamentos” normales se han desvanecido, esta voz interna puede ser todo lo que tengamos para guiarnos. Y finalmente encontramos que esta voz es más confiable que todas las reglas que una vez usamos para guiar nuestra vida. Aunque los Israelitas simbolizan una parte de nosotros mismos, también como ellos, puede tomarnos un tiempo el aprender a tomar en cuenta esta voz interna.

 

Los Israelitas continuaron su viaje dentro del desierto pero entonces surgió otra crisis: ¡no había comida!. La gente otra vez murmuró contra Moisés: “Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan en abundancia. Ustedes, en cambio, nos han traído a este desierto en que todo este gentío morirá de hambre”. (Éxodo, 16:2).

 

El Señor respondió a las necesidades de la gente: “Les haré llover pan del cielo. Salga el pueblo y recoja lo que necesita para cada día, pues quiero probar si se ajusta o no a mi enseñanza”. (Éxodo, 16:4).

 

“Por la tarde comerán carne y por la mañana se saciarán de pan” (Éxodo, 16:12).

 

Aquella tarde varias codornices vinieron al campo. La gente rápidamente las apresó y las comió. En la mañana un rocío cubrió la tierra. Cuando el rocío se evaporó, ahí quedó una extraña sustancia que probó ser comestible. Este era “el pan del cielo” que les fue prometido. Este “maná” aparecería todos los días, excepto el sábado pero el doble de la cantidad normal aparecería el día precedente. Y extrañamente, el maná se echaría a perder si no se consumía el mismo día, excepto por la cantidad extra que era proveída para el sábado.

 

Aprendiendo a Estar Seguros con la Ayuda Inesperada.

 

El Señor guió a los hijos de Israel a través del desierto con un pilar de nubes en el día, y un pilar de fuego por la noche. Ellos fueron confrontados con muchas pruebas y peligros, y sin embargo, cada reto encontró un “milagro” del Señor. Una vez estaban por morir de sed cuando el agua comenzó a fluir desde una roca golpeada por Moisés. Otra vez, una tribu violenta, conocida como Amalecitas, los atacó. En contra de todas las probabilidades, la batalla fue ganada… ¡pero esto se logró solamente al mantener Moisés, sus manos levantadas!.

 

En la incertidumbre del Vacío estamos tentados a mirar a tiempos pasados, cuando las cosas parecían estar más seguras. La libertad del desierto puede perder su atractivo cuando nuestras necesidades no son satisfechas, y podemos sentir la pérdida de la una vez conocida esclavitud. Sin embargo, descubrimos que nuestras necesidades son satisfechas en forma nueva y algunas veces inesperada, si escuchamos y seguimos la voz del Señor interno.

 

Frecuentemente nosotros somos guiados de manera inusual y sorprendente. Podemos abrir un libro al azar y descubrir ahí una respuesta a una pregunta largamente mantenida. Una conversación con un amigo puede repentinamente producir una luz que nos guía al siguiente paso. Podemos recibir dirección en lugares como las calcomanías en las defensas de un automóvil, anuncios, y comerciales de la televisión. Podemos sentir obstáculos en la oscuridad, pero  escuchando y obedeciendo la dirección del Señor de nuestro ser, seremos llevados por el sendero correcto.

 

Nada Sustituye al Señor de Nuestro Ser.

 

En la siguiente etapa de su jornada, llegaron al desierto del Sinaí, y Moisés fue llamado de nuevo a la montaña para que le fueran dados los Diez Mandamientos escritos en tablas de piedra. En este tiempo, el Señor dio a Moisés instrucciones detalladas para levantar una tienda santuario que albergaría las tablas que registraban los Mandamientos. Moisés permaneció arriba en la montaña por cuarenta días.

 

Mientras tanto, abajo la gente permanecía inquieta; tenían miedo de que Moisés desapareciera para siempre. Desesperados por tener un liderazgo, derritieron sus joyas de oro e hicieron un becerro dorado, al que empezaron a adorar en medio de un deleite disparatado. Cuando Moisés finalmente regresó y vio lo que estaba pasando, se enfureció. Arrojó las tablas de piedra y las rompió en pedazos; derritió el becerro de oro, y cuando se hubo enfriado el oro fue convertido en polvo y revuelto con agua, el cuál forzó a la gente a beber.

 

Finalmente la gente se arrepintió, y el Señor escribió otra vez los Mandamientos en las tablas de piedra que Moisés había cortado. Entonces, la gente construyó el Tabernáculo Sagrado y el Arca de la Alianza de acuerdo con las direcciones dictadas a Moisés. El Arca de la Alianza que contenía las tablas de piedra, fue colocada dentro del Tabernáculo. La construcción fue terminada y “entonces la nube cubrió la Tienda de las Citas, y la Gloria del Señor llenó la Morada”. (Éxodo, 40:34).

 

“Cuando la nube se elevaba de encima de la Morada, los hijos de Israel se ponían en marcha; pero si la nube no se elevaba, ellos no se movían en espera del día en que se elevara. Porque durante el día la nube del Señor estaba sobre el Tabernáculo y durante la noche había fuego a la vista de todo el pueblo de Israel”. (Éxodo, 40:36-38).

 

De Errantes Sin Sentido, a obtener una Nueva Identidad.

 

En este punto de la historia de Israel, ellos fueron transformados de una tribu de nómadas errantes, en una nación con una identidad, una alianza y una misión. La Alianza en el Sinaí fue un evento que hizo época: decretó a Israel como “escogido” del Señor, “gente sagrada” y “nación de sacerdotes”.

 

Se puede decir que ésta fue la experiencia de iniciación de Israel. Como la mayoría de las iniciaciones, no fue fácil. Ellos experimentaron duda, miedo, confusión, regresión y finalmente arrepentimiento. La iniciación toma lugar en el Vacío, con frecuencia ocurriendo a niveles profundos de la psique, desconocidos para la mente consciente. Ahí son sembradas las semillas del renacimiento.

 

Como aún no están listas para fructificar surge una lucha entre la nueva y la vieja conciencia y podemos vacilar: un día estamos llenos de fe y promesas y otro nos encontramos adorando al “becerro de oro” del pasado. Adoramos este becerro de oro cuando la “mente” gana control, cuando regresamos a los patrones de pensamiento, sentimiento y comportamiento negativo y auto-derrotado del pasado.

 

“¡Yo pensé que ya había superado eso!”. Es una afirmación común, normalmente dicha con una gran desilusión. Encontramos que este “becerro de oro” debe ser derretido, convertido en polvo y tragado. Lo viejo debe ser liberado, pero debemos “tragar y digerir” y aprender la lección de cada experiencia antes de dejarla ir completamente. No puede ser liberada hasta no ser transmutada y asimilada a través de la conciencia, la aceptación y el perdón.

 

En cualquier regresión o estancamiento que pudiera ser que estemos experimentando, es muy importante que continuemos haciendo nuestro trabajo interno y tengamos fe. Lo que parece ser regresión es una parte normal de cualquier proceso evolutivo. Finalmente recuperaremos nuestra conexión consciente con el Señor interno y seremos guiados en cada paso a lo largo del camino.

 

Una prueba de Fe y Disposición.

 

El Señor ahora habitó entre su gente y fue guiándolos claramente a lo largo de la ruta que habían de seguir. Los guió por el desierto de Parán, muy cerca de las fronteras de Canaán, la Tierra Prometida. Bajo instrucciones del Señor, Moisés envió doce espías a la tierra de Canaán para explorar y reportarle a la gente de Israel. Un hombre llamado Josué, ayudado por un joven llamado Caleb, dirigieron al grupo de exploración. Estuvieron ausentes cuarenta días.

 

Cuando ellos regresaron, Josué y Caleb dieron su reporte: “Llegamos a la Tierra a la que fuimos enviados; ahí fluye leche y miel… Sin embargo, la gente que mora en esa tierra es fuerte y las ciudades están fortificadas y muy grandes”. (Núm. 13:27-28).

 

Pero los otros espías fueron mucho más pesimistas y propagaron miedo entre la gente: “La tierra que hemos recorrido y explorado, es una tierra que devora a sus habitantes. Toda la gente que hemos visto ahí, es de gran estatura… Ante ellos, nosotros parecíamos langostas, y eso mismo les parecía a ellos”. (Núm. 13:32-33).

 

La gente estaba llena de miedo, y una vez más murmuraron contra Moisés. Incluso muchos de ellos quisieron regresar a Egipto, Moisés intercedió por la gente, pero en vano. ¡El Señor estaba enojado!. Después de cumplir repetidamente Sus promesas, la gente aún no confiaba en el Señor. Así es que El decretó: “En este desierto caerán los cadáveres de todos ustedes de veinte años para arriba, que han murmurado contra mí. No, no entrarán en la tierra que pensé establecerlos más que Caleb y Josué. En cambio, sus hijos andarán tras sus rebaños en este desierto durante cuarenta años y sufrirán por la falta de fe, hasta que todos ustedes hayan caído en el desierto”. (Núm. 14:29-30, 33).

 

El pensamiento de errar cuarenta años en el desierto era más de lo que muchos de ellos pudieran soportar. Un grupo de Israelitas decidieron tomar el asunto en sus propias manos. A pesar de las advertencias de Moisés, tomaron las armas, marcharon hacia Canaán… y fueron rápidamente derrotados. Muchos murieron ese día a manos de los Amalecitas y los Cananeos.

 

 

Ninguno de los que salieron de Egipto como adultos viviría en la Tierra Prometida, excepto Josué y Caleb. Por los siguientes cuarenta años, la gente de Israel erró por el desierto.

 

Finalmente, después de penas y contratiempos que parecían sin fin, una vez más tuvieron a la vista de la tierra de Canaán. Toda la gente que había murmurado contra el Señor, la vieja generación, había muerto y estaba enterrada en el desierto. La nueva generación había nacido.

 

Moisés era ya un hombre muy viejo y los días que le quedaban eran pocos. Reunió a la nueva generación de los hijos de Israel, les enseñó las leyes de Dios, y bendijo a cada una de las tribus. Entonces le entregó el liderazgo de la joven nación a Josué, quien finalmente los guiará a la Tierra Prometida. El Señor llamó a Moisés al monte Nebo, desde el cual se podía ver la Tierra Prometida. Moisés vio la Tierra Prometida, pero no vivió para poner su pie en ella.

 

A la edad de ciento veinte años, Moisés murió. La gente de Israel lloró por su amado líder, quien sería reverenciado por siempre por sus descendientes. Los últimos versos del libro de Deuteronomio dan tributo a este gran hombre. “No ha vuelto a surgir en Israel profeta semejante a Moisés. Con él, El Señor había tratado cara a cara”. (Deut. 34:10).

 

Nada Sucede Antes de que Sea Tiempo.

 

Los hijos de Israel estaban en el umbral de la Tierra Prometida pero todavía no estaban listos para entrar. Sería una generación totalmente nueva de Israelitas, quiénes marcharían hacia la Tierra Prometida. Ni siquiera Moisés, su líder, entraría a este lugar.

 

Si se toma literalmente, podría parecer muy injusto. Sin embargo ésto ilustra un principio importante: En el proceso de transformación, nada sucede antes de que sea tiempo. El orden Divino está trabajando en nuestro proceso de transición, un elemento esencial en este orden, es el tiempo.

 

No es poco común, dentro del Vacío, que encontremos la oportunidad de lo que parece ser un nuevo comienzo. Nuestro ser personal puede anhelar desesperadamente que “algo suceda”… y que sin embargo, no sea así. Podemos estar tentados a tomar los asuntos en nuestras manos y tratar de forzar el resultado, pero como los hijos de Israel, ésto sólo retrasará nuestro progreso y puede crear aún más sufrimiento.