Espiritualidad del Parto

El  tiempo se ha suspendido... Una emoción profunda e indescriptible embarga al grupo... Un vínculo desconocido los hace vibrar al unísono... La luz brilla de manera diferente... En ese instante único sólo existe la Vida... Sólo existe el Amor...

Sí... parece la descripción de un éxtasis místico... y lo es: es el momento del nacimiento de mi primer hijo.

Hace 37 años de este suceso, y el recuerdo es tan vívido como cuando sucedió. Por supuesto no fue hasta hace unos años cuando caí en cuenta que ese momento tan espiritual y mágico reunía las características básicas de una experiencia mística:

  • No existe la percepción del tiempo lineal. Se podría decir que es la ausencia de tiempo, o que el tiempo se ha suspendido....

  • A la vez se está totalmente enfocado y sin distracciones en lo que parece  un presente continúo. No hay prisa. No se necesita nada. Sólo estar.

  • Hay la sensación de ser Uno con Todo lo que existe.

  • Se experimenta el Amor como una vibración no dirigida a una persona en concreto, sino a todos.

  • Se siente el cuerpo, incluso el dolor, pero hay la conciencia de ser mucho más: la energía del momento rebasa al “yo habitual”

    Para mí en lo personal,  la espiritualidad es la forma de vivir una experiencia desde la conexión con mi esencia, con la Fuente de Vida en mí... esto es, con el espíritu. Es vivir algo desde la trascendencia, elevándose  sobre lo que perciben los sentidos... más aún, en una completa alineación de mente, cuerpo  y espíritu. Es por eso que existe una espiritualidad  para cada situación de vida y, por lo tanto, para el parto.

    Podemos hablar de  ESPIRITUALIDAD DEL PARTO, aún si  no todas las experiencias se viven con tal intensidad y conciencia, De hecho, reuniones como ésta son la forma de propiciar que se expanda la conciencia y que se generen las condiciones que hagan posible vivir el parto a plenitud.

    Ahora bien, yo quiero aclarar, que para mí este tema abarca también al embarazo, pues el parto no es algo puntual, sino que es la culminación de un proceso. Y, de hecho, cómo se haya preparado y vivido el embarazo determina, en gran medida, cómo se viva el parto.

    El parto es un momento de intimidad palpable con la Fuente de Vida, puesto que dar a luz es uno de los momentos de colaboración más íntima y clara con la Fuente de Vida Infinita, e involucra no sólo a la totalidad de la madre, sino, de hecho, a todas las personas que realmente estén presentes, generándose una profunda comunión.

    Nos encontramos en un planeta palpitante de vida. Somos vida inmersa en la Vida. Y en el origen de este océano vital  está la Fuente de Vida, el Manantial generador de toda la vida existente. Podría  decirse  que generar vida es la actividad divina por excelencia, y el parto es un momento clave de manifestación de vida, donde la co-creación es más ostensible.

    A mí  me llama la atención que en nuestra tradición judeo-cristiana  se  menciona que en los orígenes del mundo  el Espíritu de Vida aleteaba sobre las aguas... Quizá eso contribuya a que el nacimiento del  bebé, “que brota de entre las aguas” sea percibido con tan fuerte impacto espiritual por lo que Jung llamó  nuestro “inconsciente colectivo”.  

    Por otra parte, me referí a que en el momento del  parto se involucra la totalidad, tanto de la madre como de las demás personas que están con ella. Y es que el ser humano es uno, indivisible, aunque para efectos prácticos se hable de mente, cuerpo y espíritu. Este enfoque holístico  se manifiesta claramente en el momento del parto, del parto natural:

    La mente  tiene que estar alerta, serena, llevando las riendas del proceso. El cuerpo trabajando al máximo, con la sensibilidad a flor de piel, la energía concentrada en el trabajo del útero, pero teniendo a máxima potencia  el flujo sanguíneo, la oxigenación, el trabajo muscular... Y el espíritu palpitando en todo el evento, combinando la energía de todas las individualidades, dando fuerza a todo el equipo para mantenerlo enfocado en el objetivo común, elevándolos por encima de lo que perciben los sentidos y dando fuerza a la madre en los momentos en que cree que no puede más.

    En esta alineación, crece en la madre su capacidad de amar hasta el límite, se olvida de sí en aras del hijo,   abre la puerta al gozo  y bienestar indescriptible de recibir  al hijo en los brazos, de olerlo, besarlo y experimentar una fusión con la Vida que las palabras no pueden expresar. Es un momento mágico en que mente, cuerpo y espíritu realmente palpitan en una sola nota.

    A la vez, se involucra también la totalidad de quienes estén verdaderamente presentes. En un parto así, el papá, los médicos, la instructora, la  partera, las enfermeras  etc  forman un equipo en comunión. Aportan sus capacidades profesionales y humanas, están totalmente enfocados, se apoyan mutuamente y vibran al unísono de la madre al recibir a la creatura, al maravillarse una vez más del milagro que contribuyeron a manifestar. Tanto en mi experiencia personal como en la de muchísimas madres con quienes he hablado, tras el nacimiento hay una explosión espontánea  de expresiones mutuas de amor y celebración   que no se pueden reprimir.

    Aunque en la mayoría de los casos  ésto  no sucede por “accidente”… sino que es la culminación de una preparación amorosa y consciente, que suele desembocar en un parto natural,( a menos que a última hora la situación requiera de una cesárea),  también puede darse en partos “traumáticos”

    Lamentablemente estos partos traumáticos se presentan con más frecuencia de lo que uno quisiera, y dificultan o impiden que el parto sea una experiencia sagrada. . Fuerte presión médica o familiar en contra de lo que la mujer quiere provocan en ella sentimientos de soledad y abandono, de “abuso”, de falta de respeto, de imposición,  como si no fuera la mujer la protagonista del parto y no mereciera ser tomada en cuenta....  Una joven madre me decía entre sollozos al mencionarme todo lo anterior: “cuando me entregaron a mi hija con los ojos totalmente abiertos, me puse a llorar diciéndole:”¿por qué tuviste que nacer tan despierta y darte cuenta de todo este horror...?”

    En cambio, cuando el parto es “humano”, hay una espiritualidad desde la preparación, que se inicia con un  diálogo entre el médico, la instructora, los padres, el pediatra etc, que hace que  los padres, y en especial, la madre se sienta escuchada, valorada y tomada en cuenta. Viene luego el vínculo con el hijo que está en su interior: palabras, canciones, arrullos...Cuando se ha hecho ésto en el embarazo, es más fácil que se dé también en el parto.

    Otra madre me contaba que se sentía tan acompañada y apoyada por su marido, su madre y su médico (que  por cierto, permaneció cerca de ella a lo largo del proceso de labor), que aunque esta etapa fue larga y dolorosa, pudo permanecer amorosamente serena y enfocada. 

    Decidió imaginarse que estaba en un hermoso jardín, inundada por la luz de Dios...relajada...Y ahí, entre las contracciones,  le hablaba a su hija diciéndole: “Ya pronto vas a nacer, y tú sabes hacerlo. Te esperamos con amor e ilusión. Confiamos en ti. Confía tú en nosotros”

    Luego,  durante la contracción, en cuanto podía le cantaba una canción de cuna para serenar a la nena y consolarla por el impacto que estaba recibiendo...

    La espiritualidad del parto se da  más fácilmente   cuando tanto la madre como los integrantes del equipo fluyen acordes con tres Leyes del Universo que incluyen a todas las demás.

    1.- Ley de la Diversidad.- En el Universo la diferenciación y variedad que existe desde los microbios hasta las galaxias, pasando por todos los seres vivos, es ostensible, y lejos de ser un problema es una riqueza. También los procesos de parto están llenos de vida y por ello adoptan mil formas y ropajes. No hay dos partos iguales, ni siquiera en la misma mujer. Depende de su momento personal, de cómo viene el bebé, del estilo del equipo médico, incluso de la hora y el día... Cuando se respeta, valora y honra esa diversidad, el Espíritu fluye sin obstáculos y permea la experiencia total.

    2.- Ley de la Subjetividad.- Cada ser del cosmos (sea una bacteria, una flor, un hígado, un ser humano o una estrella...) tiene una riqueza insustituible que aportar a la trama del Universo. Si no lo hace, nadie puede hacerlo en su lugar. Al aceptar que cada parto es único, se crean las condiciones necesarias para que, tanto la madre como los demás, entreguen lo mejor de sí mismos de forma creativa y nutritiva para todos.

    3.- Ley de la Comunión .- En el Universo todo está interconectado. Los árboles se enraízan en la tierra, la fuerza de gravedad mantiene unido al sistema solar, la inteligencia del cuerpo es una fuerza de vinculación  entre células, tejidos, venas, órganos etc, que, aislados, no serían nada, y que, en comunión, forman un cuerpo extraordinario,   Así en el parto, cuando todos funcionan en comunión, si  uno decae  y quiere darse por vencido, hay otro que da fuerza, y  cuando uno celebra, es la celebración de todos. No hay muchos “yo” sino un gran “nosotros”.

    Llegó el momento de substituir la visión antropocéntrica por una visión cosmocéntrica, que nos conecta con la realidad de que los seres humanos pertenecemos al Universo. Los humanos no somos como pájaros que aterrizamos en la copa del árbol de la Tierra. Somos más bien las hojas de ese árbol...Así como un manzano “manzanea”, podríamos decir con Alan Watts que la Tierra “humanea”...Procedemos del Universo...brotamos de la Tierra.

    Tenemos 15 mil millones de años de evolución incorporados en nuestro cuerpo. Somos la más reciente, compleja y  perfeccionada creación del Universo, y  a través de nosotros hoy el Universo  toma conciencia de sí mismo, se contempla a través de nuestros ojos... se escucha y se habla, y se comprende a través de nosotros... Hoy el Universo se da cuenta de que sabe generar vida consciente a través del proceso humano de dar a luz...

    Ya es hora, entonces, de que la mujer RECUERDE, y les recuerde a los demás, que ella sabe dar a luz... Que la respaldan millones de años de aprendizaje y práctica, que no fueron en vano... Que es ELLA y no sus acompañantes (médicos, parteras, instructores, enfermeras...) ni la tecnología quienes dan a luz...

    Cuando todos RECORDAMOS eso, confiamos en que la vida sabe ser vida y desdoblarse a sí misma, y  manifestarse en el momento sagrado del parto.  Entonces, cuando ese momento llega, fluimos con las leyes del Universo, generamos las condiciones propicias de amor, respeto, valoración, profesionalidad... y asistimos  en comunión, en asombro  y con todo el ser,  a cumplir la función que nos corresponde,  conscientes de ser testigos y colaboradores privilegiados del Espíritu de Vida  que sigue confiando en nosotros al entregarnos cada nuevo ser humano.

     

    MARUJA CÁNDANO