Dinámicas del Universo

DINÁMICAS DE LA VIDA.

El reflexionar sobre las dinámicas del Universo es para caer en cuenta de que, como parte que somos de este Universo en continuo despliegue, estamos llamados a convertirnos en la mente y el corazón de la Tierra

Esto es, a saber que las fuerzas que dieron origen al planeta, toman conciencia de sí mismas a través de nosotros.

Por lo tanto encarnamos las dinámicas de la vida tanto al permitir que la conciencia de nuestra propia muerte dé a nuestra vida un significado más profundo, como al dejar que el asombro y la aventura empapen nuestra existencia

Por eso esta dinámica de la vida vamos a plantearla en dos vertientes complementarias: a) La muerte, b) El juego

 a) La muerte

 Esta Dinámica, que por supuesto se aplica a todo lo que existe, incluidos nosotros… podemos representarla o simbolizarla con los organismos vivos, con la pluralidad de las formas de vida.

 Y quiero hablar de esta dinámica precisamente alrededor de estos días en que nuestra tradición recuerda y celebra a los muertos… O más bien, a la vida de quienes murieron.

 Y es que vida y muerte van de la mano, aunque no siempre fue así en el Universo.

 Hubo un tiempo en el que los organismos no morían como una necesidad biológica. Vivían indefinidamente, y sólo un “accidente” terminaba con esa vida: faltaba el alimento, otro los mataba, etc.

 Es el caso de los prokariotes, esos primitivos organismos unicelulares que dieron lugar a los genes. Bien podría ser que los que viven hoy en las profundidades del mar tengan quince millones de años…

 O sea, que en los inicios de la Tierra la muerte no era algo “necesario” y esperado.

 Conocer esta información nos puede hacer añorar esos tiempos… Desear que siguiera siendo así, que viviéramos en la Tierra indefinidamente… ¿No es el eterno sueño de la humanidad?

 Y sin embargo… ¿Estamos seguros de ello? Pensemos por un momento en las repercusiones que esta “ausencia de muerte” tendría en la vida del planeta.

 Lo primero, por supuesto, es que no podría haber nacimientos… Ni de humanos ni de otras especies, pues la Tierra no podría soportar y nutrir a un ilimitado número de criaturas.

 Imagínense: los mismos viejos animales, los mismos viejos humanos permaneciendo en la Tierra, sin sangre nueva, ni ilusiones, ni novedad… Casi podríamos decir “sin vida”…

 Luego, imaginemos el miedo que se apoderaría de los seres vivos si la vida no termina “natural y necesariamente”, ¿quién quiere correr riesgos, experimentar, escalar, explorar…?

 El riesgo de dejar de vivir miles de años nos paralizaría, nos impediría el arriesgarnos, incluso quizá nos haría encerrarnos para protegernos…

 ¿Y qué pasaría si, por ejemplo, una estrella como el sol dejara de alumbrar para no quedarse sin combustible?

 Paradójicamente, dejaríamos de “vivir” para “no morir”… De hecho, ¿No es eso lo que lamentablemente hacemos con tanta frecuencia? ¿Estar muertos en vida?

 Y paradójicamente también, es la conciencia de nuestra propia muerte, de nuestro inevitable fin terreno, lo que nos hace apreciar y valorar más la vida.

 Precisamente las personas con undiagnóstico terminal o condenadas a muerte, nos enseñan mejor que nadie lo precioso de la vida, de cada instante, de todo lo que nos rodea. Ellos levantan el velo gris con que habitualmente cubrimos la vida, y nos descubren, para ellos y para quienes lo quieren ver, el colorido y preciosidad de lo cotidiano.

 

Las especies que “no saben” que van a morir, no sufren, pero tampoco valoran disfrutan y aprecian la belleza y la vida. Es la finitud la que da valor eterno a las cosas, pues en el Universo nada se pierde. El Universo guarda el registro completísimo de todo lo sucedido, y esa es otra dinámica, la de la memoria, que veremos más adelante.

 Cuando apreciamos y celebramos la belleza de una flor, de una ballena majestuosa o de un atardecer encendido, el evento pasa, el animal, la flor y nosotros desapareceremos de la Tierra, pero el asombro, el deleite y la reverencia permanecen.

 La Vida ha creado novedad y sorpresa, no aburrimiento. Se expresa como aventura, como riesgo, como entusiasmo.

 Ahora bien, en algún momento nos habremos preguntado por qué creó la Vida seres que sufren porque saben que van a morir. Sin embargo, podemos plantearlo de otra manera. ¿De qué le sirve al Universo que tengamos conciencia de que vamos a morir?

 Pues le sirve para mostrarse, para revelarse, ya que, sin esa certidumbre de la muerte, no podríamos captar la verdadera dimensión de la vida… Como sin la oscuridad no valoramos y apreciamos la luz…

 La fuerza de la vida es tan grandiosa, que al reconocerla y reverenciarla, nos sorprenderá en la hora de nuestra muerte…

 La vida no surgió para extinguirse. Sería un contrasentido. El Universo no cometió un error al permitir que la muerte aflore… Este hecho sólo destapa nuestra creatividad transformadora… Las estrellas aparentemente mueren cuando explotan, pero en realidad siguen vivas en las moléculas de nuestro cuerpo y de todo lo que existe.

 Ciertamente la conciencia de la muerte puede ser aterradora. Pero también podemos verla de otra manera. Por ejemplo, podemos aprovecharla como combustible que nos alumbre para reconocer los rincones escondidos del ser y permitir que nuestra esencia se manifieste, para ver que nuestra esencia de amor es una energía que permanece siempre.

 Al fluir con esta dinámica, cambia nuestra actitud hacia la muerte: dejamos de pelearnos con ella, de tomarla como algo en nuestra contra, de verla como castigo o como amenaza, para verla como aliada que nos facilita vivir en plenitud, como maestra que nos enseña la magnitud y belleza y valor de cada situación pasajera. Que nos conecta con el momento presente, el único que existe, para saborearlo, valorarlo, vivirlo.

 Incluso la imagen aterradora de una Tierra estremeciéndose y muriendo por la polución, el descuido arrasador y tantos daños que le hemos inflingido, puede ser, de hecho, nuestra mayor esperanza, la fuerza para revertir el proceso y contribuir a recuperar la vitalidad y maravilla de nuestro planeta azul.

 Si algo puede hacernos trabajar por rescatarla, es el fantasma de su muerte y destrucción.

 Como dice el poema:  

 ¿Qué será, que sería, qué pasaría…?

 Si una tarde cualquiera la mar muriera…

 Si una tarde cualquiera el sol se apaga

 Y no vuelve a encenderse por la mañana.

 Y a tu lado dijera una voz misteriosa:

 Sólo queda esta rosa.

 Ya no hay más primavera.

 Entonces sí sabrás, lo que valía una flor,

 Lo hermoso que era el mar…

 Lo alegre que era el sol…

 Pues ven conmigo a ver la vida siempre así.

 Sabiendo que esta vez repite para ti…

 b) Del juego

 En los organismos vivos, el juego es la otra forma en que se manifiestan las dinámicas de la vida.

 El juego entendido como aventura, asombro, exploración, investigación, curiosidad…

 Eso es lo que caracteriza a los seres vivos, y en la especie humana toma una dimensión espectacular. De hecho podría decirse que es lo que la distingue…

 El “espíritu aventurero” que hay en los organismos vivos los hizo evolucionar desde los orígenes en forma absolutamente impredecible, incluyendo a los genes.

 Por eso se dice que las mutaciones genéticas son aleatorias, porque parecen surgir al azar. De hecho, es esta dinámica del juego la que lleva a los organismos, sin que se den cuenta de ello, a explorar nuevas combinaciones. Y estas posibilidades se aumentaron increíblemente cuando empezó la recombinación sexual.

 Esta dinámica del juego aventurero ha hecho posible la extraordinaria diversidad desplegada a lo largo de 500 millones de años de evolución. El surgimiento y transformación de nuevos organismos vivos no está predeterminado; responde al juego, a la exploración, a la intrínseca libertad de la vida.

 Ahora bien, en los animales el juego y la exploración se presenta solamente en los individuos jóvenes, que experimentan constantemente. Todos hemos visto imágenes de cachorros de diversas especies aventurándose cada vez más lejos y retozando gozosos.

 Pero mientras las crías parecen no tener más función que jugar, al ir creciendo pierden esa habilidad, de manera que en los adultos prácticamente ha desaparecido.

 Y he aquí ahora la gran innovación que se presenta en el ser humano: que es la única especie en que los adultos conservan y aprovechan la capacidad de jugar, asombrarse, aventurarse, explorar…

 Y aquí hay un dato sorprendente: ya se sabe que genéticamente es mínima la diferencia entre un chimpancé y un humano. Y sin embargo, mientras el cerebro de un chimpancé adulto difiere notablemente del joven, el cerebro del adulto humano es prácticamente igual al del bebé, sólo que un poco más grande.

 De manera que actualmente se sabe que una diferencia esencial entre el humano y los demás primates radica en su capacidad de mantener la habilidad del “juego” a lo largo de su vida adulta, incluso como su actividad central.

 Por eso el humano explora la Tierra, el mar y el espacio interestelar, experimenta, hace descubrimientos sorprendentes, modifica y, sobre todo, aprende.

 En este sentido el ser humano no deja de ser niño… Es el niño de este planeta… Esta es la mayor conquista de la especie humana:

 Ser un “niño maduro”, un ser que en la vida adulta pueda seguir jugando con libertad.

 Los humanos encarnamos la dinámica cósmica del juego aventurero.

 Y si dejamos de aprender, explorar, disfrutar con la aventura, impedimos que la vida se manifieste en plenitud, obstruimos el proceso.

 Todos sabemos que cada especie tiene un hábitat, un medio en el que puede florecer y fructificar.

 Si éste desaparece, la especie se extingue.

 Pues bien, nuestro verdadero hábitat es el juego aventurero.

 La reducción de ese hábitat en la actual sociedad de consumo está provocando la angustia y el stress que nos atenazan.

 Nos hemos convertido en apéndices de las máquinas.

 Nos hemos apretado, endurecido, hecho demasiado serios y formales. Creemos que no hay que perder tiempo, y puestos a consumir, somos incluso consumidores de diversión pre-establecida. Hasta nos dicen a qué debemos jugar y cómo hacerlo, lo cual va contra la esencia misma del juego, en que no sabes de antemano a dónde te va a llevar.

 Aplicar esto en la vida puede ser muy motivador: Podemos arriesgarnos a dar pasos y tomar decisiones abiertos a la variedad de posibilidades que se nos presentan, sin querer controlar el final del proceso, sin conocer exactamente el resultado.

 Al fluir con esta dinámica tenemos otras actitudes en la vida. Al verla como aventura, nos vemos a nosotros como exploradores, y los problemas y dificultades se convierten en desafíos que, inclusive, pueden ser divertidos al mirarlos con desapego y sentido del humor.

 Gracias a esta dinámica podemos cocinar alimentos en formas tan variadas, explorando nuevas combinaciones… Gracias a ella la moda es divertida y asombrosa. Se construye en arquitectura en formas impensadas. Se desintegra el átomo y se llega a la luna.

 Los padres exploramos nuevas formas de relación con los hijos, los científicos, nuevos usos para los mismos elementos… y los humanos en general, nuevas maneras de relacionarnos con el planeta, e incluso de “hablar” con nuestro cuerpo, con los árboles y con la madre Tierra…

 Porque vamos encarnando esta dinámica, podemos seguir asombrándonos igual que un niño, ante un increíble ciempiés, o una luna roja, o un pelícano zambulléndose en el mar…

 Entonces nos conectamos con un espíritu festivo, y podemos empezar nuestro día con una sonrisa traviesa y una pregunta en nuestro interior: ¿qué voy a descubrir hoy, qué aventura viviré? Quizá explore un camino nuevo a mi oficina, o transforme los recursos a mi disposiciónpara convertirlos en algo diferente que abra nuevas posibilidades...

 Para estos seres humanos niños-maduros, la vida es ilimitada… y quien sabe si nuestra actitud de asombro, de risa y aventura, le abra a las otras especies nuevas posibilidades en el festival de la vida.

 En estos días la tradición cristiana celebra el nacimiento de Jesús. Para mí este evento de Dios encarnando en un bebé para experimentar la aventura de la vida, es un claro ejemplo de este fluir divino con sus propias dinámicas.