Si Perdiéramos el Juicio

Si perdiéramos el juicio... Veríamos a nuestro padre como
lo que es en realidad.
Un ser que nos ofrece una gama de conductas exclusivas y de
pensamientos originales, elaborados en el crisol de una vida: nuestra vida.

La escuela de padres es el hijo, ante el cual busca y
ensaya respuestas a su propia identidad, ante el cual mide
y replantea sus propios sueños, ante el cual procura
evitar el reflejo de sus propios fracasos.
 
La responsabilidad del padre va más allá de lo visible:
del alimento, el vestido, y la habitación.  El padre es el
contacto evidente con la vida de la calle, con la vida fuera
del hogar, con el mundo externo en todos sus aspectos; el
mundo intelectual, el mundo político, el mundo social.
 
Los éxitos y fracasos del padre a la luz en los
periódicos y en los comentarios extrafamiliares; no sólo
en la intimidad del hogar.  Nuestra sociedad en el Siglo XX
lo ha catalogado reduciéndolo a sus pocas visibles funciones
en casa y, sobretodo, juzgándolo a través de su relación
de pareja.  Nos ha forzado a colocarlo, en nuestra mente de
hijos, en su comportamiento con nuestra madre; y a adoptar
-o combatir - el juicio que ella haga, en palabras o
actitudes.

! Si perdiéramos "el juicio"! Si no
confrontáramos a nuestro padre con ese modelo inalcanzable
de protección y seguridad que existe en el inconsciente
colectivo -sentimiento universal que persigue el ideal de
una Paternidad cósmica- lo haríamos más feliz, más humano.

Si le permitiéramos, mejor dicho, si le solicitáramos
mostrarnos la ternura de las emociones agradables y la
desazón de las experiencias desagradables, le
devolveríamos ese pedazo de su corazón que ha escondido
ante el mundo.
 
Lo aceptaríamos como es, no como un paradigma, y sobretodo
como un ser "nuestro".  Sabríamos más sobre su
infancia, sus sueños, sus temores, sus identificaciones con
la personalidad de cada uno de nosotros, sus hijos.
 
Aprenderíamos a protegerlo de nuestros juicios absurdos.
No lo catalogaríamos según las páginas del libro de
psicología.
 
Sería para nosotros, exclusivamente, nuestro papá, el
hombre que depositó nuestra semilla en el seno de nuestra
madre.
 
Aprenderíamos a escucharlo con el corazón, para conocerlo
mejor, aceptarlo plenamente y amarlo en la forma
incondicional que él desarrolla para amarnos.
 
Podríamos decirle -hoy y siempre- desde nuestro corazón:
"cada día te conozco mejor, papá.  Cada día aprendo
de tus sentimientos y por eso te abro los míos.   

Gracias, papá, por ser tú".